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lunes, 14 de mayo de 2012

Crisis de hegemonía y movimientos de resistencia


<<El aspecto de la crisis moderna lamentado como “oleada de materialismo” está relacionado con lo que suele llamarse “crisis de autoridad”. Si la clase dominante ha perdido el consentimiento, o sea ya no es “dirigente”, sino sólo “dominante”, detentora de la mera fuerza coactiva, ello significa que las grandes masas se han desprendido de las ideologías tradicionales, no creen ya en aquello en lo cual antes creían. La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo.  (…)

El problema es éste: ¿puede “curarse” con el puro ejercicio de la fuerza, que impide el triunfo de nuevas ideologías, una ruptura entre las masas populares y las ideologías dominantes tan grave como lo que ha ocurrido (…)? Por de pronto, la represión física producirá a la larga un difuso escepticismo, y nacerá una nueva “combinación”, en la cual, por ejemplo, el catolicismo se hará todavía más jesuitismo, mezquino, etc. (…) La muerte de las viejas ideologías se verifica como escepticismo respecto a todas las teorías y las fórmulas generales, con aplicación al hecho puramente económico (…) y a la política (…) pero esa reducción significa precisamente la posibilidad y necesidad de formar una nueva cultura.>>

(“Crisis de autoridad”, Antonio Gramsci, 1929 – 1932)


Nueve persones se encuentran en una taberna, corre el año 1792, toman pan, queso y cerveza y empiezan a hablar “sobre la dificultad de los tiempos y la carestía de los productos” y en ese hablar deciden que el problema es la democracia: su ausencia. Un acto sencillo, que no revestiría mayor importancia, sino fuera por lo que deciden hacer. Fundan una sociedad de correspondencia, su divisa será “Que el número de nuestros miembros sea ilimitado”. Se enviaban cartas, unos a los otros, creaban signos de identidad, se informaban y actuaban. Tampoco parece que nada de subversivo haya en eso. En seis meses serán dos mil miembros, en dos años multitudes que ocuparan el centro de Londres desafiando el orden existente.[1]

Las sociedades de correspondencia constituyeron uno de los momentos centrales de la constitución de la sociedad política, entendida como sociedad democrática, en los orígenes de la modernidad, antes de la existencia de cualquier cosa parecida a un partido político moderno o a las estructuras representativas actuales. No eran en este sentido sólo un espacio de movilización política, sino de creación de la política y en algunos casos, como en el proceso de independencia de EEUU, de creación de la misma nación. El principio era comunicar, comunicarse, y en ese acto reconocerse no como uno, sino como muchos, actuar no como uno, sino como muchos, hacer que “el número de nuestros miembros sea ilimitado”. Una realidad que ha vuelto en cada momento en el que la derrota parecía la única realidad posible y se tenía que repensarlo todo de nuevo desde cenizas que, a pesar de todo, ardían todavía. Así fue en el principio de toda nuestra historia moderna o en medio de las sociedades ocupadas por el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el primer acto de la resistencia fue comunicarse, fundar diarios clandestinos, más de mil en Francia, más de 10 millones de ejemplares en Dinamarca. Así antes como ahora.

Volvemos a los orígenes, transmutados ahora en redes sociales 2.0, para crear un espacio para escuchar y escucharse, un espacio para la polifonía que se comunica, se dota de identidades, se articula y actúa de nuevo. Esta crisis, que empezó con la caída del sistema financiero en 2008, ha devenido en un momento clave de nuestra contemporaneidad. Todas las certezas son puestas en duda, muere lo viejo  y en su muerte puede que se lleve todo aquello de bueno que había en nuestras sociedades, sin dejar aún que nazca lo nuevo. Y en este caso lo nuevo parte de una pequeña esperanza que nos trajeron unas gentes que empezaron por una acto sencillo, comunicarse en un facebook o en un twitter, y que acabaron por generar el fenómeno político más disruptivo que estamos viviendo. Cuando todo lo demás falló, los principios más profundos que están en nuestros mismo orígenes como sociedad, no lo hicieron.    

De la crisis a la crisis de las crisis


Decir ahora que la que empezó como una crisis financiera ha terminado por convertirse en una crisis social, cultural y política es ya una obviedad compartida tanto por la derecha como por la izquierda. No lo es tanto la evidencia del carácter mismo de esta crisis. El análisis económico dominante, a pesar de la fallida de todas sus previsiones, sigue estando sujeto a una visión del sistema económico centrada en su capacidad de producción de riqueza, bienes y servicios, y no del sistema como sistema. Cuando en 2008 en una visita a la London School of Economics la reina Isabel II de Gran Bretaña preguntó a los miembros de tal ilustre institución cómo no habían previsto la crisis, la respuesta tardo seis meses en llegar. Después de un arduo debate confesaron sin más que ellos no contemplaban en sus análisis el riesgo sistémico. La funcionalidad y perdurabilidad del capitalismo ha sido un axioma aceptado como natural durante demasiadas décadas en las facultades de economía y parece que, a pesar de todas las confesiones, esto no va a cambiar de momento. Aún hoy la crisis es analizada todavía como un problema de desajustes en el sistema financiero en el que sigue siendo central la observación de su comportamiento. Donde antes el problema eran los activos basura, ahora lo es la deuda, pero el problema va mucho más allá de esto y es este marco el que determinará la dinámica política y social de los próximos años.   

En primer término la crisis no es el resultado de operaciones financieras irresponsables, es toda la dinámica desarrollada por el sistema económico desde los años setenta hasta ahora la que nos ha llevado a un verdadero callejón sin salida. La solución difícilmente pasa por medidas meramente correctivas de los extremos más evidentes de su mal funcionamiento. Sólo por poner un ejemplo, la centralidad del capital financiero como espacio de generación de beneficios, en detrimento del capital productivo, ha llevado a que si la proporción entre el valor del conjunto de activos financieros y el conjunto del estoc de bienes físicos del capital (tierra, centros productivos, maquinaria, etc.) fuera de cinco a uno en 1982, en 2006, justo antes del inicio de la crisis, llegaría a ser de dieciséis a uno. En este contexto de crecimiento exponencial del capital virtual por encima del capital real, los mercados de futuros, que son el principal espacio de la especulación en la actualidad, han pasado de un valor marginal a principios de la década de los noventa del siglo pasado, a agrupar 600.000 millardos de dólares en 2008, cuando el valor total de la producción global de bienes y servicios es sólo de 56.200 millardos de dólares. No existen suficientes planetas tierra para pagar en este sentido la factura de la especulación financiera. De hecho, si ahora saliésemos de la crisis, cosa que evidentemente no pasará, a partir de un crecimiento del 3% anual, que es la medida que los “expertos” consideran idónea para una economía “sana”, en el 2030 llegaríamos a una producción global de bienes y servicios de 100.000 millardos. Con eso sólo pagaríamos una quinta parte de la factura especulativa actual de los mercados de futuro. Tampoco cabe preocuparse mucho, si esa salida de la crisis se diera, tampoco la tierra sería suficiente para soportar el crecimiento económico. Lo que está en crisis es todo un modelo de producción de riqueza, no una parte del mismo.[2] 

Por una parte la subordinación de todas las realidades económicas a un capital financiero absolutamente sobredimensionado no se puede solucionar, pagar, en una sola crisis de carácter financiero. Se irán superponiendo unas a otras. Primero son los activos basura, después los bonos soberanos, después los rescates, después… Es todo el modelo el que está en juego, nunca ha sido tan verdad como ahora el lema de que esto no es una crisis: se llama capitalismo. Un capitalismo que se define ya tanto por su capacidad de explotar como por su capacidad por excluir y donde, además, la vieja contradicción entre capital y trabajo es substituida por la contradicción cada vez más central entre el capital y la vida. El crecimiento económico necesario para sostener la crisis financiera, y para sostener un sistema que si no crece entra en crisis, puede ser ya ahora mismo incompatible con la misma vida. No es baladí traer a colación aquí el análisis realizado por los investigadores del MIT, como actualización del informe de 1972 sobre Los límites del crecimiento patrocinado para el nada sospechoso de izquierdismo Club de Roma. Actualización en la que sobre la previsión de los diez escenarios posibles de desarrollo del capitalismo en el siglo XXI en ocho de ellos se daría un colapso medioambiental. Sólo en dos no sería así. En el primero de ellos no sería así si lo cambios necesarios se hubieran realizado en 1982, en el segundo si se hubieran hecho en 2002. El informe se publicó en 2004[3]. A su vez, tampoco podemos obviar en el análisis de la crisis el problema energético. La humanidad siempre ha substituido la base energética de cada uno de sus modelos de producción a partir del encuentro de una energía más eficiente, transportable y barata, sin que se agotase la anterior. Así sucedió con el paso de la biomasa al carbón y del carbón al petróleo y la electricidad. Por primera vez esto no es así. No existe un substituto clara al petróleo justo en el momento que éste está entrando en vías de agotamiento.    

Este conjunto de elementos por si solo nos indica la posibilidad más que real de un fuerte riesgo sistémico y no sólo financiero. Ciertamente el capitalismo ha mostrado una enorme capacidad de adaptación y supervivencia a pesar de su naturaleza inestable, pero su implosión no sería algo inusual en la historia de la humanidad. La mayoría de sistemas han acabado así. La diferencia radical es que es el único sistema creado por nuestra especie que ha llegado a ser global y, como tal, su implosión está intrínsicamente relacionada con la misma posibilidad de la perdurabilidad de nuestra especie. Los retos son en este sentido inmensos y la situación, como no puede ser de otra forma, ha llevado que la crisis deviniera rápidamente en una crisis política. Su primera expresión en nuestro país se ha gestado en este sentido como una crisis de hegemonía de nuestras instituciones en medio de la cual ha surgido un nuevo movimiento de protesta.

Redes que dan libertad: la genealogía de la protesta


Se tiende a situar el origen del 15M en las revoluciones árabes que le precedieron y que se intensificaron especialmente en el período que va de 2010 a 2011. Y ciertamente su impacto mediático en un marco de profunda reacción donde la revolución ha podido mostrar de nuevo su poder para cambiar realidades que pudieran parecer inmutables, la utilización en su consecución en los países árabes de las redes sociales o el simbolismo que ha adquirido en estos procesos la ocupación de plazas, marcó parte del espacio simbólico donde se desarrolló el 15M. A su vez, cuando se buscan antecedentes en suelo propio, las referencias acostumbran a ser el movimiento V de Vivienda, las movilizaciones vividas durante las jornadas electorales de marzo de 2004, bajo la égida del atentado del 11 de marzo en Madrid, o, un tanto más forzadamente, las movilizaciones contra la implantación del plan Bolonia en las universidades. En el sentido de que en este tipo de movilizaciones, específicamente las dos primeras mencionadas, tuvieron su origen o bien en un e-mail viral o bien en el envío masivo de sms, y se constituyeron en acciones apartidistas, pero profundamente políticas, algo de cierto hay en señalarlas como precedentes.[4]

Es curioso observar de todas formas las poquísimas referencias explicitas, aunque es muy fácil explorar las conexiones directas en la gestión del 15M, al movimiento portugués conocido bajo el nombre de Generaçao a Rasca. Este movimiento que nació por una iniciativa inicial de un puñado de personas en las redes sociales consiguió finalmente movilizar a unas 300.000 personas el 13 de marzo de 2011 en las calles portuguesas. Si tomamos en cuenta que en Portugal vive una cuarta parte de la población de la que lo hace en España y que la manifestación del 15M sacó a unas 130.000 a la calle, no es menospreciable este precedente. La diferencia entre el desarrollo del 15M y el de la Generaçao estuvo en las plazas, por lo demás sus inicios son tan miméticos que no es difícil ver a uno como el principal precedente del otro. Y lo común entre ambos eran dos cosas: una crisis de hegemonía de la democracia establecida, y no de un sistema dictatorial, y las nuevas formas de movilización política. 

La crisis económica, tal como fue presentada, tuvo un primer momento en el cual el discurso dominante presentaba como inevitable, con la sola alternativa del caos, la salvación del sistema financiero a partir de recursos públicos, a pesar de que en el proceso se pudiera generar déficit. Momento que fue seguido posteriormente por una mutación del primer discurso de la crisis de esta salvación hacia la consideración de que la prioridad para superarla estaba en recortar el déficit público vía privatizaciones y erosión de los derechos sociales. Es decir, pasamos de un keynesianismo para ricos, era el momento que se hablaba del retorno de Keynes, a un neoliberalismo para pobres. Pero fuera cual fuera el discurso, lo cierto es que el mismo se impuso a partir de la amenaza en primer termino de que estábamos al borde del caos, en segundo termino de que o se hacía lo que pedían los “mercados” o ellos nos hundían. En ningún momento la democracia formal tuvo mucho que ver con ello y, finalmente, los mecanismos de la misma han sido violentados hasta extremos que hacen difícil hablar de sistemas democráticos y no, como afirma Gerardo Pisarello de un sistema de oligarquía isonómica (con libertades reconocidas, pero con un fuerte control de las elites)[5]. El problema social, económico y cultural ha devenido así en un problema de democracia: para violentarla en el caso de las elites, para reclamar su realidad en el caso de las capas populares. De hecho, en el proceso vivido, al mostrarse descarnadamente como servidor de los intereses dominantes, el sistema político se ha asegurado el dominio, pero ha perdido gran parte de su legitimidad.

Paradójicamente si esto ha afectado en mayor o menor medida en cada país, dependiendo de hasta que punto se haya tenido que subordinar la democracia a los mercados en cada país, lo cierto es que ha erosionado más a la izquierda institucional gobernante que no a la derecha (aunque ella no se ha mantenido tampoco a salvo, como hemos visto en el caso de Italia, la diferencia radica que en este caso un tipo de derecha ha sido sustituida por otro tipo de derecha). Y tiene sentido. Estaba en el ADN del discurso, otra cosa es de las realidades, de las izquierdas gobernantes precisamente la promesa de la democracia como la posibilidad de controlar el capitalismo más salvaje, precisamente como la posibilidad de extender los derechos sociales y políticos a la población. Si el fracaso de la democracia como sistema político que garantiza la soberanía de las personas, frente al poder de los intereses privados, es un hecho palmario en estos últimos años, en el caso de las izquierdas gobernantes este fracaso ha sido doble: como gestores del sistema, como alternativa política. Y es en esta doble realidad donde el problema se percibe por capas cada vez más amplias de población tanto de contenido como de continente. Y es por ello, también a su vez, que a pesar de que se puede esperar un crecimiento electoral de las izquierdas a la izquierda de las gobernantes, en la medida que su centro de acción sigue siendo el sistema político establecido, proponiendo contenidos alternativos pero no claramente nuevos continentes, tampoco ellas pudieron rearticular una nueva hegemonía política, social y cultural. Fue fuera de ese campo, desde nuevas y viejas laderas, desde donde empezó a surgir la respuesta.     

En este contexto, al entorno de la huelga general del 29 de septiembre de 2010, se produjo una revitalización de la izquierda radical especialmente, aunque no únicamente, en Barcelona. Allí, al entorno de grupos autónomos y de la experiencia unitaria de la Assemblea de Barcelona,  se inició un nuevo ciclo de movilizaciones entre la experiencia de la ocupación del Banco en Plaza Catalunya, que dotaría a la huelga en la capital catalana de tintes insurreccionales en el centro de la ciudad, y el 1 de mayo de 2011, donde probablemente se vivió el 1er mayo alternativo con mayor seguimiento des del inicio del milenio. Algo parecido acaeció en Madrid, aunque con mimbres diferentes y una mayor conversión discursiva en una ciudad donde la capacidad de articulación de la izquierda radical había sido mucho menor en los últimos tiempos, a partir de la movilización de Juventud sin Futuro el 7 de abril de 2011. Pero no fue de estos sectores, aunque los mismos jugaron un papel central en la explosión de la protesta posterior al 15M, de donde irrumpió directamente el nuevo movimiento de protesta. A pesar de su renacida capacidad de movilización seguían teniendo un problema evidente de conexión con franjas más amplias de la población.

Si el discurso de Jóvenes sin Futuro[6] tenía mucho que ver con la Generaçao a Rasca, los medíos para construir la movilización que también habían sido básicos en Portugal, fueron principalmente impulsados desde las redes por una nueva plataforma política conocida como Democracia Real Ya. Si los movimientos sociales ya hacia tiempo que utilizaban las redes como herramienta de movilización, la diferencia es que ahora ésta se generaba inicialmente desde estas mismas redes, en un fenómeno que iba mucho más allá de la convocatoria de una movilización en la fecha del 15 de Mayo de 2011.[7] La vivencia de la crisis, y con su gestión la evidencia de que cada uno de nosotros perdía cada día una poco más de control sobre sus vidas con cada vez, y eran muchas, que en un medio público nos anunciaba que los “mercados” habían decido por ellas, se vivía aisladamente. Ante el ruido atronador de las ordenes de mando repetidas hasta la saciedad, parecían pocos, muy pocos, los que veían lo que uno mismo veía. Pero en un espacio esto empezó a no ser así. En las redes. En ellas, lentamente primero, pero en un aceleración exponencial después, uno se encontraba con otros y estos otros con muchos, en un proceso polifónico que generaba una forma de comunicación alternativa, erosionando y determinando las oficiales, construía nuevas identidades colectivas con nuevos símbolos y referentes y se impulsaba para la movilización. Se coordinó en las redes, se encontró finalmente en la calle. Empezó con una manifestación, pero fue mucho más allá de ello cuando la decisión de unos pocos, y en esto de nuevo tuvo mucho que ver componentes de la izquierda radical que ya se habían activado con anterioridad, llevo al movimiento a las plazas. Allí creció, pasando de lo virtual a lo real, hasta convertirse en el principal movimiento de protesta contra la crisis, con unas particularidades que lo hacen casi único en la historia de los movimientos sociales de este país desde el inicio de la democracia.    

Protestando contra la crisis: construyendo democracias.

Pocas veces un movimiento de protesta ha tenido las cotas de aceptación social del 15M (al entorno del 70 – 80% de la población se ha mostrado a favor del mismo), sólo el movimiento contra la guerra de Irak se le asemeja en este sentido. Nunca un movimiento que cuestionaba el sistema en su globalidad ha llevado tanta gente a la calle. Jamás un movimiento que desafiaba al gobierno y a la Junta Electoral Central, que pasaba de la simpatía a la criminalización en los medios de una forma tan radical, como sucedió en Catalunya después de las protestas frente al Parlament del 15 de junio, era a su vez capaz de convocar a centenares de miles de personas en las principales calles del país. Tampoco habíamos vivido antes todo lo que estamos viviendo ahora. Es incomprensible entender su eclosión, evolución y capacidad de permanencia en este último medio año, con una capacidad de convocatoria en la calle que lo ha convertido en el principal sujeto de resistencia, sin una crisis de hegemonía que a su vez ha arrastrado a todos los sectores de la izquierda tradicional.[8] Ya sean partidos o sindicatos.  

Ciertamente se ha acusado a este movimiento –acusación que probablemente se extenderá contra todas las formas amplias de movilización contra la crisis– de populismo e, incluso últimamente, de ser un movimiento emocional. Su populismo es evidente, pero es que difícilmente puede ser de otra forma como mínimo en dos sentidos. En el primero de ellos, el retorno de palabras “fuertes”, a pesar de todos los intentos de los teóricos de lo líquido, como Bauman, para hacer ver lo contrario, como “pueblo”, “democracia” o “revolución”, hace referencia precisamente a la violentación radical y fuerte de principios básicos de nuestra modernidad política. Puede sorprender ese usos de retóricas debilitadas y denostadas durante decenios, pero no se puede negar que precisamente lo que está en juego en estos momentos es la democracia entendida como poder del pueblo y ante este peligro cabe recordar que en sus constituciones originales se recogía el derecho a “resistencia” del “pueblo”. Esto sorprende también a un izquierda radical que actuaba desde parámetros políticos distintos, y poco habituada a luchar de tú a tú en el campo semántico de la hegemonía dominante usando conceptos como democracia o pueblo.[9] En el segundo sentido, porque en la medida que esta crisis tiene como uno de sus componentes fundamentales la subordinación de todas las realidades económicas a las lógicas internas del capital financiero, no se presenta netamente como un conflicto de clases entre capital y trabajo. Ciertamente la lucha de clases está presente en esta situación, como lo está en el origen de la misma. Lo decía más claramente imposible Warren Buffet en 2006 “Hay lucha de clases y es la mía, la de los ricos, la que está haciendo la guerra y la estamos ganando”, pero quien habla de ella es una gran financiero y no un patrón de una fábrica del metal. Es más, pequeños y medianos empresarios y capas de la población no asalariadas están sufriendo esta crisis con una intensidad a veces poco menor, y en algunos casos mayor, que los sectores tradicionalmente identificados con la clase obrera. Es en este sentido que los sindicatos tradicionales, contrariamente a lo que se creyó en los orígenes de la crisis por una parte de la izquierda, no han devenido en el gran polo de resistencia a la misma, más aún cuando su construcción sindical pertenece a un mundo que está en estos momentos feneciendo. Sin duda el sindicalismo sigue teniendo un enorme sentido, más aún cuando se quiera hacer pagar a las clases populares la factura especulativa, la duda es si lo tiene con los parámetros organizativos y tácticos propios de una situación radicalmente diferente a la que estamos viviendo. Al igual que sucedió en la Europa de entreguerras se está desplazando rápidamente el espacio de conflicto principal hacia lo político, lugar donde se tejen amplias alianzas de confrontación entre intereses que son diversos en si mismos. Y las lógicas en ese espació y por este tipo de confrontación, dado su carácter interclasista, tienden de forma natural al populismo a situar el “pueblo”, entendido como un ente amplio y representativo, en el centro del discurso para la acción. Lo cual no quiere decir que esas formas de populismo superen las dialécticas de clase, como tampoco quiere decir que superen los campos ideológicos. En la Europa de entreguerras la respuesta a una crisis similar dio como resultado dos tipos de populismo. El primero de ellos fue le fascismo que, haciendo frente a un sistema financiero desbocado, proponía una alianza profundamente reaccionaria en contra de los intereses de las clase populares y a favor de las privilegiadas. El segundo de ellos fue el frentepopulismo, que alcanzó importantes victorias electorales en los años treinta, siendo de todas formas un fenómeno que iba mucho más allá de lo electoral, mutó en la resistencia contra el fascismo y fue, finalmente, la base que tiñó los sistemas democráticos surgidos después de la Segunda Guerra Mundial. 

En este marco el contenido inicial del 15M ha mostrado una gran diversidad que sólo ha encontrado su unidad en la denuncia de la falta de representatividad del sistema político. Dos lemas son los que han marcado se agenda reivindicativa más evidente: “No somos mercancías en manos de políticos y banqueros” y “No nos representan”. Pero está unidad, que identifica a los adversarios y denuncia el problema de un sistema político que no es capaz de ser lo que dice que es (la representación del pueblo) esconde sus dos almas, tal como las ha caracterizado Carlos Taibo.[10] En la primera de ellas hay un intento de que el espacio institucional quede más ligado al pueblo que a los intereses financieros, mediante cambios fundamentales en las reglas del sistema de representación, que van desde la modificación de ley electoral hasta la introducción de mecanismos de democracia 2.0. Se pretende así consolidar el sistema en su vertiente democrática, ya que se percibe correctamente que la raíz de la crisis y sus consecuencias tienen que ver mucho precisamente con la falta de democracia. Es, en este sentido, un 15M sistémico, al menos sistémico de la retórica que ha servido para la legitimación del orden institucional, y en él se encuentran los principios básicos para cualquier intento serio de refundación del proyecto socialdemócrata.[11] En la segunda “alma”, contrariamente, se parte de la presunción de que el sistema no puede ser democrático y se pretenden explorar alternativas al mismo con nuevas formas de representación que partan de la autoorganización, más que con contenidos explícitos desde la constatación que las alternativas aún están en construcción y desde un intento de superar viejos paradigmas heredados de la izquierda radical, viendo el movimiento en si mismo ya no como una protesta para realizar cambios sino como un nuevo espacio de configuración de la realidad política.[12]  

Dos almas que basculan según los lugares y los momentos y que están profundamente conectadas entre ellas en una evolución marcada por su misma interrelación con el sistema que se pretende cambiar. Y es que a pesar de todos lo guiños hechos desde la clase política hacia le movimiento, la realidad ha sido que el sistema institucional cada vez se blinda más contra sus demandas, vía reforma de ley de partidos, que cierra cada vez más la posible participación de nuevas opciones, o la misma reforma de la Constitución en un sentido netamente neoliberal.

De hecho, si inicialmente la alma “reformista” parecía predominar, y era la que conectaba más claramente con los medios de comunicación y las clases medias, en la medida que el 15M se trasladó de las acampadas a los barrios se conectó más claramente con luchas populares iniciando, por ejemplo, campañas contra los desahucios. A su vez en el proceso devino en un movimiento activo y no sólo reflexivo, utilizando repertorios de protesta que, como las ocupaciones, deben mucho a los movimientos sociales alternativos. En este camino parece que su alma “radical” se está afianzando, aunque a veces se pierda en un retórica que puede paralizarla como actor político[13] o producir que el movimiento en sí pierda su centralidad permanente en el escenario político. Los intentos, en este sentido, de que el 15M deviniese en parte un Tea Party de izquierdas, con la colocación de candidatos próximos en algunas listas electorales, la colonización de parte del discurso de la socialdemocracia gobernante hasta ahora o el impulso de operaciones que intentasen evitar la mayoría absoluta del Partido Popular, no parecen haber fructificado demasiado. Lo cual no quiere decir que este aspecto, en la reconstrucción del campo de la izquierda política institucional, no tenga aún recorrido en un momento de desconcierto absoluto en estos espacios. De todas formas la perspectiva que se abre ahora, con la entrada en el poder de la derecha política, parece apuntar a un endurecimiento cada vez mayor de la relación entre protestas populares y un sistema político que a la vez que es refrendado electoralmente, genera amplia desconfianza en una mayoría de la población. Sólo cabe recordar en este sentido que el nuevo Presidente del Gobierno lo es por mayoría absoluta, a la vez que también los es por el hundimiento sin paliativos de la socialdemocracia gobernante, más que por un aumento absoluto de votos, y que genera desconfianza en un 70% de la población. Una situación donde parece que la crisis de hegemonía del sistema político va a profundizarse más aún y en la que los movimientos de protesta seguirán planteando la problemática de la crisis en términos sistémicos.  

Lo que hemos vivido hasta ahora sólo es el principio, habrá sucesivas mutaciones de la protesta en nuevos contextos político y en un contexto social caracterizado por la profundización en las desigualdades. En el proceso, la mundialización de la protesta, y en este sentido la convocatoria del 15 de octubre ha sido clave para el salto de las protestas a EEUU, probablemente será una de las salidas para la ampliación de las formas de acción y de la posibilidad de imaginar escenarios futuros que den respuesta a una crisis que es global y sistémica. Los retos van mucho más allá del problema de representación del sistema político, aunque en él este una de las principales claves de su solución. El conflicto se plantea en términos de democracia o dictadura, en este caso de los mercados, pero también en términos de capital o vida. Y en esa lucha sólo el principio anunciado por las clases populares en el origen de nuestra modernidad política nos puede acompañar para reconstruir y reconstruirnos: “que el número de nuestros miembros sea ilimitado”. Es el núcleo básico de lo que irrumpió en nuestras calles hace medio año, de las cenizas de un proyecto que ardían todavía lo suficiente como para recordar y recordarnos qué éramos, cómo éramos y cómo podríamos ser. No es un movimiento fuerte, se gesta entremedio de un largo termidor reaccionario, pero en su suerte, y en la de las protestas que vendrán, probablemente está en juego nuestro destino como sociedad.



[1] Thompson, E.P., La formació de la classe obrera en inglaterra, Barcelona, Crítica, pp. 3-8.
[2] Harvey, D., L’enigma del capitale, Milano, Feltrinelli, 2010, p. 33.
[3] Meadows, D. (coord.), Los límites del crecimiento: 30 años después, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2004.
[4] La literatura sobre el 15M es ya muy extensa actualmente, para el tema de los precedentes yo señalaría especialmente los siguientes títulos:  VVAA, La rebelión de los indignados, Madrid, Editorial Popular, 2011; Viejo, R., (ed.), Les raons dels indignats, , Barcelona, Portic, 2011; VVAA, Les veus de les places, Barcelona, Icaria, 2011.
[5] Pisarello, G., Un largo termidor. Lo ofensiva del constitucionalismo antidemocrático, Madrid, Trotta, 2011.
[6] VVAA, Juventud sin futuro, Barcelona, Icaria, 2011.
[7] Ver para DRY y el impacto de la movilización en las redes: VVAA, Nosotros los indignados, Destino, Barcelona, 2011; VVAA, Las voces del 15-M, Los panfletos del lince, Barcelona, 2011.
[8] Para un relato del desarrollo inicial del movimiento tanto en las calles como en las redes especialmente: Requena, A., y Muñoz, A., “El movimiento 15-M. Los hechos” en VVAA, Las voces del 15-M, Barcelona, los panfletos del lince, 2011, pp. 11- 43; Pin, Gala, Arbide, H., “Maig del seixanta-tweet” en VVAA, Les veus de les places, Icaria, Barcelona, 2011 pp. 50-60; Fernàndez, D., “Quadern de bitàcola”, VVAA, Les veus de les places, Icaria, Barcelona, 2011 61 - 82  
[9] Para esto ver: Errejón. I., “Disputar les places, disputar les paraules” en Viejo, R. (ed.), Les raons dels indignats, Barcelona, Pòrtic, 2011, pp. 18 – 24.
[10] Taibo, C., Nada será como antes, Madrid, La Catarata, 2011.
[11] Se puede reseguir esta “alma” del 15M, tanto en los programas desarrollados en él como en sus participantes, ver para esto: VVAA, Las Voces del 15-M, Barcelona, los panfletos del lince, 2011; Bennasar, S., La primavera dels indignats, Barcelona, Meteora, 2011; VVAA, Giménez, I., “Democracia Real Ya entre el Open Government y el ciberactivismo” en VVAA, La rebelión de los indignados, Madrid, Editorial Popular, 2011, pp. 59 – 72.
[12] Ver para esto, por ejemplo, Ruggieri, F., Miró, I., “Ningú no ens representa. La plaça com a metàfora de la nova societat”, en VVAA, Les veus de les places, Barcelona, Icaria, 2011, p.38 – 49; Fernández-Savater, A., “Apuntes de acampadasol” en Las voces del 15-M, Barcelona, los panfletos del lince, 60 – 74.
[13] Sobre esto ver: Domènech, X., “Dos lógicas de un movimiento”, SinPermiso, número 9, julio de 2011. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Una hegemonia esberlada o la utopia de la dreta catalana. Sobre Enric Juliana i la Modesta Espanya


Una referència interessant

Enric Juliana, potser l’intel·lectual orgànic català més rellevant del nostre present, mai m’ha deixat de sorprendre. Sempre havia pensat en silenci que era el Jaume Balmes de la Catalunya actual i ha estat obrir el seu darrer llibre Modesta España i trobar primer que Balmes va ser una de les lectures que d’infant li llegien i segon, i més important que el primer, que per ell encara és motiu de reivindicació. De fet, si ho penso bé, em sembla que l’única figura catalana vindicada clarament en el llibre. I té sentit, malgrat aquest sacerdot i teòleg del s.XIX és vist en l’actualitat com un mer apologeta del catolicisme, el cert és que fou molt més que això. Veritable intel·lectual de frontera, escriptor i periodista traslladat a Madrid per intentar influir en la configuració política i social d’Espanya, fou un home situat entre dos mons: el muntanyès viguetà, que representava en aquells moments el carlisme derrotat pel liberalisme, i la nova civilització vapor, com li agradava anomenar a ell al procés d’industrialització. Un posició des de la que abocà una mirada especial en una realitat contradictòria i confluent alhora. Una posició des de la que intentà articular un nou projecte polític i social, en el que les velles forces confrontades (la reacció de base catòlica i el liberalisme triomfant) creessin un nou bloc històric. Aquell que, conformat per les forces moderades de l’absolutisme i les moderades del liberalisme, pogués fer front a la inestabilitat inherent del procés de transformació econòmica viscuda amb la implantació del capitalisme.  Bloc que seria vertebrat per una església que, acceptada pels vells camps confrontats, estabilitzaria el nou model econòmic, social i cultural. Hi havia així dos Jaume Balmes. L’analític i l’ideòleg. El segon va fracassar. Certament l’església va ser un peça clau finalment de l’estabilització social de l’odre dels de dalt, però ho fou en la seva legitimació del nacionalcatolicisme, català i espanyol, ho fou ja sota una dictadura que va durar quaranta anys, no pas com havia imaginat el mateix Balmes.  

L’hegemonia de paper

El llibre la “Modesta España” fa plena justícia al seu autor i a la finezza que el caracteritza. Sens dubte un dels millors analistes polítics del moment, si no el millor, utilitza una prosa que a voltes l’allibera d’una opció política concreta, acomplint un dels principis claus del discurs que es vol hegemònic: poder presentar la part com el tot. Té així molt poc a veure amb els neocons catalans, que no per catalans són menys neocons (sobre això sempre hi hagut una confusió històrica en el nostre país, que ha portat fins i tot a no veure el naixement del nacionalcatolicisme a Catalunya abans de l’arribada del mateix franquisme). Aquests darrers ofereixen una vulgata prenyada pel neoliberalisme, barrejat amb un pretés catalanisme amb diversos graus de radicalitat, que féu fortuna als noranta i que ara crida cada cop amb un volum més intens als mitjans de comunicació, davant la necessitat d’imposar-se a una realitat que ja no els hi dona cap mena de raó. Tanmateix, estan l’autor a les antípodes d’aquests plantejaments, l’hegemonia es construeix tant des de la part com des del pretés tot. I en aquest sentit Enric Juliana, director adjunt de La Vanguardia, participa d’un projecte que s’ha mostrat mestre en la construcció d’una nova hegemonia política (és més difícil saber si social i cultural) a Catalunya i en part, només en una petita part, a Espanya.

Un projecte ambiciós que tingué el seu principal moment d’acceleració amb el govern del tripartit, aconseguint en aquells moments marcar-ne l’agenda mediàtica, amb l’ajuda inestimable d’uns polítics que estaven obsessionats en no treure un semàfor vermell a les primeres pàgines d’aquest diari, quan hauria d’haver estat motiu d’orgull per ells que fos així. Un projecte d’hegemonia ampli que ja no s’aturà amb el desplegament de la centralitat de RAC1, propietat del mateix grup que La Vanguardia, a les ones o l’experiment de 8TV. L’amassament de poder en el principal beneficiari polític d’aquest procés (CIU), ha portat a ampliar la influència d’aquest projecte mediàtic a gairebé tot els mitjans de comunicació públics catalans. Els mateixos temes, les mateixes línies, els mateixos debats, els mateixos tertulians poblen ja gairebé tot l’aparell comunicatiu català. Diferents accents, finezza i vulgata, cedeixen una mica quan es veuen desbordats per la realitat i l’envolten amb nous arguments, però la mateixa agenda, gairebé les mateixes conclusions.

Tanmateix és una hegemonia de paper, de vieja usanza, en una relació massa directa entre mitjans de comunicació tradicionals i poder polític. Una vella hegemonia a la que li han sortit masses nous espais de construcció de narratives, masses nous canals d’informació alternatius, masses esquerdes en una realitat que la supera en agilitat i transformació. Esquerdes que fan insuficient la influència en un poder polític institucional que, alhora, està patint una de les pitjors crisis d’hegemonia davant de la població dels últims quaranta anys, per assegurar-se bondats pròpies de dominis passat. És irònic, però aquest projecte arriba a la seva màxima maduració en un camp de definició de la realitat (la del poder institucional), just quan aquest camp s’està esberlant. No és poc tanmateix, és poderosa la seva influència, però el món està canviat de base i serà curiós veure com lliura aquesta nova batalla entre dos mons: el viscut i el que està venint ja. I per si això fos poc, a diferència del Princep Gramscià, també citat com a referent en el seu llibre per Juliana, que cercava en el partit comunista el pal de paller d’una nova hegemonia social, cultural i, finalment, política, el projecte de La Vanguardia s’ha de moure entre varis subjectes polítics i, fins i tot, entre varies nacions de referència (Espanya i Catalunya).

D’encerts i patinades

Juliana mostra el millor d’ell mateix a Modesta Espanya. El llibre resulta indispensable per comprendre i poder pensar històricament el joc polític institucional i les seves forces motors de l’Espanya actual, esdevenint en alguns punts un text veritablement brillant. No és estrany, venint de l’autor de molt bons articles en el mateix sentit. Cal però prendren distància de molts dels seus vaticinis immediats, per seductors que puguin semblar a primer cop d’ull. Aquest periodista sempre ha jugat al misteri, a mostrar que hi ha més del que diu en allò que afirma, a un cert paper de sacerdot àulic de la política no sempre reeixit. La creació de la imatge del “català emprenyat”, que va donar per un gran joc mediàtic al servei de l’erosió del tripartit i del govern del PSOE, va ser arrassat  durant les eleccions de 2008, quan una amplia majoria dels catalans que voten van donar la victòria de nou al socialisme espanyol.  De fet, va ser ell mateix qui el va tenir que alimentar un any després com coautor de l’editorial que van publicar dotze diaris catalans per la sentència de l’Estatut. Un moment on La Vanguardia semblava pràcticament el cor del sobiranisme català. Va ser només per un moment. Un cop CIU ja havia guanyat les eleccions i poc després ho feia el PP a Espanya, un altre text mític sortia a les mateixes pagines de la mà de Jordi Barbeta: “Ahora los catalanes sí son españoles”. Semblava llavors que s’havia seguit un camí directe que anava de la celebració del sobiranisme català a la cerca de la victòria de l’espanyolisme polític més pur, passant per posar a CIU al govern de la Generalitat. Ja hem dit que el projecte de La Vanguardia era, i és, certament complex.

Però potser on més patina no és en la creació d’afortunades imatges (siguin certes o no, finalment és innegable que tenen operativitat política), sinó quan porta el seu anàlisi més enllà del joc polític tradicional. De fet, hi ha en ell un regust molt italià, molt d’una Itàlia dels anys setanta atrapada en plena Guerra Freda en  l’estratègia de la tensió. Així quan va la seva mirada va més enllà dels grans jocs polítics, i les forces soterrades que els mouen, les mutacions socials, i no només el procés d’empobriment de la crisi, o la mateixa protesta social, sembla que li llisquin entre els dits sense poder-les atrapar. És nota quan parla del procés de la transició espanyola o quan explica que no hi havia protestes durant els anys noranta, i d’una forma menys afortunada, ja fora del llibre, quan afirmava que Barcelona es convertiria en l’epicentre de la protesta durant les eleccions que van portar al PP al poder (cosa que no va passar) o quan explicava, de nou amb un to misteriós, que algun dia se sabria la trama oculta que hi havia darrere de les protestes dels indignats davant del Parlament de Catalunya (no n’hi havia cap) o be, finalment, quan delirava sobre el neoanarquisme italià a Catalunya. Massa estratègia de la tensió que sempre ha tingut més a veure, contràriament al que afirma, amb el poder que no pas amb la protesta. Una mirada massa marcada pels anàlisi des de d’alt.

Tanmateix això no treu, com hem dit, que quan es centra en els processos interns i externs que han portat a la configuració institucional actual, en el joc polític, en l’impacte de la crisi o fins i tot en el procés històric que ha viscut Espanya dels anys setanta fins aquí, excel·leix en els tres grans eixos del llibre: la fi d’un model de creixement, la problemàtica de la configuració de l’Estat i la de l’articulació dels grans subjectes polítics. Però aquest no és un llibre només, ni bàsicament,  d’anàlisi, és sobretot una proposta. Una proposta política. La proposta que imagina Juliana, que imagina per uns subjectes polítics i socials més enllà dels disfraços de taliban neocon que puguin prendre (encara que compte amb els disfraços, a voltes el personatge pot acabar-se per menjar l’actor).


La proposta política: cap a una nova articulació de la dreta?


Sí una de les primeres reivindicacions que trobem en el llibre de Juliana és Balmes, l’altra pertany a l’univers del Quixot. No el propi Quixot, car aquest és l’espantall del que cal fugir, aquest és segons l’autor el que ha marcat les polítiques tant de la dreta com de l’esquerra governant en els últims decenis, polítiques que ens han dut al nostre present, sinó un personatge menor de la novel·la de Cervantes: el Caballero del Verde Gabán. Un personatge que, front l’inflada quixotesca, representa la contenció, la virtut del treball silenciós, la moderació erasmista. Una actitud que és, per Juliana, una moral i un principi d’acció política que han de pilotar diversos subjectes socials i polítics fins a impregnar tota la realitat del país. De dalt a baix.

Si per Gramsci el Príncep havia de ser el partit comunista, per Juliana aquest té com a primer possible candidat a Mariano Rajoy. Un president que té una sèrie de qualitats que el poden fer digne de ser-ne el més genuí exponent. No representa, per origen, l’Espanya castiza, aquella que segons Juliana, en comptes de practicar la moderació, té tendència a l’enrocament, a la reacció airada portada per  “El miedo ante una situación fuera de control (y) El compulsivo deseo de las élites políticas, económicas i funcionariales (…) de proceder a un nuevo acopio de poder ante el riesgo de que todo estalle”. Una imatge que, atribuïda tan sols a l’espanyolisme, no deixa de ser dubtosa. Juliana, en les seves cròniques, ja havia descrit amb anterioritat el Govern català com un exemple d’erasmisme que connectava amb l’esperit europeu de la lliga hanseàtica, una espècie de Caballero del Verde Gabán avant la lettre, allunyat del castizisme.  Però en la seva descripció sobre la reacció airada i compulsiva no és difícil pensar en certs moments de CIU davant les protestes socials d’aquest últim any (un Conseller d’Interior amb un bat de beisbol, desallotjaments sagnants que han estat motiu de portades internacionals i justificacions sobre la repressió que ens retrotreuen a temps anteriors). En tot cas, tornant al tronc de l’argument de l’autor, aquesta, la de no ser un polític format en l’ecosistema polític madrileny, no és l’única avantatge del nou President. N’hi ha com a mínim dos més per convertir-se en la verda figura que vol Juliana. La primera és que no deu res a ningú. Després de ser derrotat el 2008 davant de Zapatero es gestà contra ell un intent de cop d’Estat pilotat pels mitjans de comunicació de la capital, la jerarquia catòlica espanyola i las huestes aznaristes. Forces totes elles que es mobilitzaren contra aquell home silenciós que havia optat per una confrontació política que no provoqués l’electorat de l’esquerra (especialitat, cal dir-ho de l’aznaraisme mediàtic i polític). Es quedà pràcticament sol, amb poquíssims recolçaments (entre ells els de la mateixa La Vanguardia, com no deixaren de recordar-li en editorial després de la seva victòria posterior el 2011), i tanmateix va sobreviure fins a aconseguir encapçalar el govern. No deu res a ningú així, o pràcticament a ningú, segons Juliana. Alhora, en aquesta segona condició que el fa ideal, té el màxim poder institucional que ha assolit un president del govern des dels temps de Felipe González. De nou, un dubta davant d’aquests tipus d’afirmacions i és que si hi ha alguna cosa que Juliana gairebé no aborda és la reducció de l’àmbit de la sobirania de la política actual front als dictats del Directori Europeu (aquesta sí una imatge del tot afortunada creada pel mateix Juliana) i dels interessos financers. Podria dir-se que tant PP com CIU han assolit el màxim poder possible de la seva història a nivell institucional, just quan aquest poder pràcticament no és res a ulls d’una gran part de la població. Però amb tot, segons l’autor el problema no és aquest, sinó que prové d’una altra banda i d’aquí emergeixen els subjectes més immediats d’un possible Caballero del Verde Gabán transmutat en el príncep gramscià modern. 

En termes polítics la victòria absoluta del PP, i la derrota radical del PSOE, s’ha produït segons l’autor per la confluència de dos factors que són claus en aquest camí cap el moderantisme. El primer d’ells ha estat una crisi que ha portat al vot moderat socialista a vascular cap a la dreta, mentre aquesta perdia en menor mesura gran part del vot cap a opcions més a la dreta encara o amb un “major” discurs nacional espanyol. Qualsevol temptació d’una profunda contrareforma en drets civils adquirits seria en aquest sentit, per Juliana, un error (menys en el cas de la llei de l’avortament) i, sobretot, el retorn a un discurs inflat un quixotesc suïcidi en la forma de fuga de vots de nou cap el socialisme. En aquest joc ja doble a favor del moderantisme del Caballero del Verde Gabán (un nou tipus de president, unes condicions electorals específiques) hi hauria a més una tercera peça clau i aquí l’aproximació balmesiana és inconfusible (si és que ho ha deixat de ser en algun lloc). Segons Juliana, l’església pilotada des del Vaticà ha practicat una rectificació que ha facilitat molt la victòria del PP en clau de moderantisme. La desactivació vaticana dels elements més extrems en els mitjans de comunicació catòlics (és a dir la no renovació contractual de Jiménez Losantos a la COPE), les constants visites vaticanes a Espanya des de l’inici de la crisi, explicarien així una part de l’amplia derrota del PSOE. És més, front a una església clarament espanyolista, obertament hostil al catalanisme, aquesta rectificació vaticana hauria portat alhora a la moderació integradora i a la reconciliació amb Catalunya. Moment culminant d’aquest procés no hauria estat altre que la consagració de la Sagrada Família per part del Papa de Roma. És curiós, una visita que es va caracteritzar per carrers absolutament deserts a Barcelona, es converteix per l’autor en un moment on “Después de unos años de tensiones i sinsabores políticos, la sociedad catalana volvía a sentirse orgullosa de sí misma. Los creyentes y buena parte de los no creyentes”. De fet, si el manteniment, d’una jerarquia episcopal española segueix sent un dels principals esculls per la realització del moderantisme, el cert és que per Juliana  “Hay algo nuevo en la mirada de Benedicto  XVI. El deseo de comprender. La inteligencia.” Si aquest desig de comprendre, aquesta intel·ligència es mantingués, el catolicisme com a principal base del PP, però que també impregna a gran part de l’electorat del PSOE, podria ser un dels factors de cohesió política i social d’un país que viu una gran transformació. Aquí, de nou, sembla que la mirada italiana s’imposa sobre la espanyola en la lectura: el catalocisme que impregna tota la realitat no és quelcom propi de les cultures polítiques d’aquest país, per molt que es desitgi la nostra història no és la d’Itàlia. Tanmateix, aquest només és un primer pas en la realització d’aquesta suposada utopia moderada.

Un nou pacte social? Una nova realitat política? La resignació com a proposta.

El final del llibre Modesta España es situa el 2050. No és estrany, encara que en alguns girs pot ser més que sorprenent, tot programa d’acció (menys l’assajat per W. Benjamin) que es vulgui hegemònic ha de contenir en ell mateix una promesa de futur. En aquesta nova Espanya l’església jugarà un factor fonamental com a cohesionador social, a partir de la seva obra social, mentre que el resultat final del 15M serà la creació de les Redes de Resistencia Social que, en ho fonamental, hauran creat serveis cooperatius per ajudar a una població amb baixos salaris i sense cobertura social (segons un autor potser no massa conscient del poder en termes socials i polítics que suposaria això).  Des d’aquesta base s’erigirà una nova realitat política a Espanya i a Catalunya. En la primera, una futura Unión Democrática, formada pels sectors més moderats del PP, coalligada amb un dèbil i també moderat PSOE governaria el país. Al seu front hi haurà dos formacions polítiques també noves, Recarga Democràtica, a l’esquerra del moderantisme, i España Nacional a la dreta del Caballero del Verde Gabán.  Mentre tant, en aquest somni de futur, Catalunya haurà vist reconegudes les seves aspiracions com a nació, no a partir de la formació d’un Estat propi, sinó del reconeixement d’un estatus especial dins d’Europa i un tractament diferencial dins d’Espanya facilitat per una monarquia institucional que li donarà cobertura (res menys ni res menys que el vell somni de la monarquia dual del catalanisme de dretes de finals del XIX i princips del XX). Tot això facilitat per un tractament fiscal en relació a l’Estat espanyol millorat en relació a l’actualitat, gràcies a l’aliança amb una València que, després de la crisi, haurà vist finalment la seva coincidència d’interessos amb els catalans. En aquest miratge, les peces finals del Caballero del Verde Gabán, serien en el govern del país un Partit Català d’Europa format per CIU, el PSC i les restes dels republicans (rescatant i ampliant la vella idea de Pasqual Maragall d’un gran Partit Demòcrata català) amb la sola oposició d’una Taula de Canvi que tindria el seu origen en unes extintes CUP,s (aquest potser és l’element que per no desenvolupat em desperta més curiositat d’aquest final de text).  El somni moderat realitzat, un final triomfant pel Caballero del Verde Gabán que aconsegueix engarçar finalment totes les peces disperses sobre el tauler. La pregunta que s’escau, tanmateix, és sobre quina realitat és construiria aquest triomf, és a dir què amaga aquesta utopia?   

El nou regne s’erigiria d’entrada sobre les cendres de la “generación huida”, gestada en una massiva migració de joves entre el 2012 i el 2222, i l’acceptació d’un nou pacte social. El pacte social entre les elits i el poble, possibilitat pel triomf del Caballero del Verde Gabán (a aquestes altures em surt ja el crit de: Visca Don Quijote!). I quin és aquest nou pacte social que vindria a substituir el que estigué en la base de la implementació de les democràcies i l’Estat del Benestar després de les derrotes del feixisme?  Parteix d’una “certesa” de l’autor (una certesa que està en la base de tota la reacció actual): el món, sobretot el món econòmic, ja no és controlable, s’imposa a qualsevol altra realitat, a qualsevol altra voluntat. Front aquesta certesa primer la població reacciona negant-la, després s’irrita i protesta, per entrar definitivament en la depressió i finalment en l’acceptació. Un mantra que Juliana porta ja mesos repetint en els seus articles i que de tant anunciar-lo, mentre les protestes segueixen, sembla expressar més el desig que es realitzi que no pas un anàlisi. Un mantra que serà facilitat pel nou pacte social de la modèstia que “propondría un pacto a los de arriba mientras vamos averigunado hacia dónde vamos. Yo me sacrifico i tú me acompañas. Yo accepto la dureza de los nuevos tiempos, però tú no me humillas”. Jo pateixo, mentre el Caballero del Verde Gabán es realitza. La part del pacte a complir per les elits és bàsicament mostrar-se com a moderades, la del poble és acceptar la seva pèrdua de drets i ser “moderats”. Un pacte d’una asimetria tan manifesta que costa fins i tot considerar-lo com una transacció.

Delirant tot plegat? No, els somnis “moderats” dels “moderats” o una mostra de la veritable dimensió de la crisi d’hegemonia que viu i viurà la dreta d’aquest país, si la protesta creix i es reconverteix. Amb poc que oferir, més que pactes estètics, només quedaran “neoanarquistes” que estigmatitzar i reprimir. Quedarà llavors realment poc. L’hegemonia implica domini, però un domini que en part és acceptat, consentit, no pot ser llavors tan sols coerció i discurs d’autoconsum pels de d’alt. Quan és així el sistema no tarda massa a iniciar el seu esfondrament. Jaume Balmes va ser sens dubte un dels millors pensadors i analistes del gran canvi del s.XIX, però va fracassar. Si no ho hagués fet tot el segle XX hagués viscut un govern “moderat”, sense drets socials, ni sufragi veritablement universal, ni millora de la qualitat de vida. El segle del Caballero del Verde Gabán.