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lunes, 14 de mayo de 2012

Crisis de hegemonía y movimientos de resistencia


<<El aspecto de la crisis moderna lamentado como “oleada de materialismo” está relacionado con lo que suele llamarse “crisis de autoridad”. Si la clase dominante ha perdido el consentimiento, o sea ya no es “dirigente”, sino sólo “dominante”, detentora de la mera fuerza coactiva, ello significa que las grandes masas se han desprendido de las ideologías tradicionales, no creen ya en aquello en lo cual antes creían. La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo.  (…)

El problema es éste: ¿puede “curarse” con el puro ejercicio de la fuerza, que impide el triunfo de nuevas ideologías, una ruptura entre las masas populares y las ideologías dominantes tan grave como lo que ha ocurrido (…)? Por de pronto, la represión física producirá a la larga un difuso escepticismo, y nacerá una nueva “combinación”, en la cual, por ejemplo, el catolicismo se hará todavía más jesuitismo, mezquino, etc. (…) La muerte de las viejas ideologías se verifica como escepticismo respecto a todas las teorías y las fórmulas generales, con aplicación al hecho puramente económico (…) y a la política (…) pero esa reducción significa precisamente la posibilidad y necesidad de formar una nueva cultura.>>

(“Crisis de autoridad”, Antonio Gramsci, 1929 – 1932)


Nueve persones se encuentran en una taberna, corre el año 1792, toman pan, queso y cerveza y empiezan a hablar “sobre la dificultad de los tiempos y la carestía de los productos” y en ese hablar deciden que el problema es la democracia: su ausencia. Un acto sencillo, que no revestiría mayor importancia, sino fuera por lo que deciden hacer. Fundan una sociedad de correspondencia, su divisa será “Que el número de nuestros miembros sea ilimitado”. Se enviaban cartas, unos a los otros, creaban signos de identidad, se informaban y actuaban. Tampoco parece que nada de subversivo haya en eso. En seis meses serán dos mil miembros, en dos años multitudes que ocuparan el centro de Londres desafiando el orden existente.[1]

Las sociedades de correspondencia constituyeron uno de los momentos centrales de la constitución de la sociedad política, entendida como sociedad democrática, en los orígenes de la modernidad, antes de la existencia de cualquier cosa parecida a un partido político moderno o a las estructuras representativas actuales. No eran en este sentido sólo un espacio de movilización política, sino de creación de la política y en algunos casos, como en el proceso de independencia de EEUU, de creación de la misma nación. El principio era comunicar, comunicarse, y en ese acto reconocerse no como uno, sino como muchos, actuar no como uno, sino como muchos, hacer que “el número de nuestros miembros sea ilimitado”. Una realidad que ha vuelto en cada momento en el que la derrota parecía la única realidad posible y se tenía que repensarlo todo de nuevo desde cenizas que, a pesar de todo, ardían todavía. Así fue en el principio de toda nuestra historia moderna o en medio de las sociedades ocupadas por el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el primer acto de la resistencia fue comunicarse, fundar diarios clandestinos, más de mil en Francia, más de 10 millones de ejemplares en Dinamarca. Así antes como ahora.

Volvemos a los orígenes, transmutados ahora en redes sociales 2.0, para crear un espacio para escuchar y escucharse, un espacio para la polifonía que se comunica, se dota de identidades, se articula y actúa de nuevo. Esta crisis, que empezó con la caída del sistema financiero en 2008, ha devenido en un momento clave de nuestra contemporaneidad. Todas las certezas son puestas en duda, muere lo viejo  y en su muerte puede que se lleve todo aquello de bueno que había en nuestras sociedades, sin dejar aún que nazca lo nuevo. Y en este caso lo nuevo parte de una pequeña esperanza que nos trajeron unas gentes que empezaron por una acto sencillo, comunicarse en un facebook o en un twitter, y que acabaron por generar el fenómeno político más disruptivo que estamos viviendo. Cuando todo lo demás falló, los principios más profundos que están en nuestros mismo orígenes como sociedad, no lo hicieron.    

De la crisis a la crisis de las crisis


Decir ahora que la que empezó como una crisis financiera ha terminado por convertirse en una crisis social, cultural y política es ya una obviedad compartida tanto por la derecha como por la izquierda. No lo es tanto la evidencia del carácter mismo de esta crisis. El análisis económico dominante, a pesar de la fallida de todas sus previsiones, sigue estando sujeto a una visión del sistema económico centrada en su capacidad de producción de riqueza, bienes y servicios, y no del sistema como sistema. Cuando en 2008 en una visita a la London School of Economics la reina Isabel II de Gran Bretaña preguntó a los miembros de tal ilustre institución cómo no habían previsto la crisis, la respuesta tardo seis meses en llegar. Después de un arduo debate confesaron sin más que ellos no contemplaban en sus análisis el riesgo sistémico. La funcionalidad y perdurabilidad del capitalismo ha sido un axioma aceptado como natural durante demasiadas décadas en las facultades de economía y parece que, a pesar de todas las confesiones, esto no va a cambiar de momento. Aún hoy la crisis es analizada todavía como un problema de desajustes en el sistema financiero en el que sigue siendo central la observación de su comportamiento. Donde antes el problema eran los activos basura, ahora lo es la deuda, pero el problema va mucho más allá de esto y es este marco el que determinará la dinámica política y social de los próximos años.   

En primer término la crisis no es el resultado de operaciones financieras irresponsables, es toda la dinámica desarrollada por el sistema económico desde los años setenta hasta ahora la que nos ha llevado a un verdadero callejón sin salida. La solución difícilmente pasa por medidas meramente correctivas de los extremos más evidentes de su mal funcionamiento. Sólo por poner un ejemplo, la centralidad del capital financiero como espacio de generación de beneficios, en detrimento del capital productivo, ha llevado a que si la proporción entre el valor del conjunto de activos financieros y el conjunto del estoc de bienes físicos del capital (tierra, centros productivos, maquinaria, etc.) fuera de cinco a uno en 1982, en 2006, justo antes del inicio de la crisis, llegaría a ser de dieciséis a uno. En este contexto de crecimiento exponencial del capital virtual por encima del capital real, los mercados de futuros, que son el principal espacio de la especulación en la actualidad, han pasado de un valor marginal a principios de la década de los noventa del siglo pasado, a agrupar 600.000 millardos de dólares en 2008, cuando el valor total de la producción global de bienes y servicios es sólo de 56.200 millardos de dólares. No existen suficientes planetas tierra para pagar en este sentido la factura de la especulación financiera. De hecho, si ahora saliésemos de la crisis, cosa que evidentemente no pasará, a partir de un crecimiento del 3% anual, que es la medida que los “expertos” consideran idónea para una economía “sana”, en el 2030 llegaríamos a una producción global de bienes y servicios de 100.000 millardos. Con eso sólo pagaríamos una quinta parte de la factura especulativa actual de los mercados de futuro. Tampoco cabe preocuparse mucho, si esa salida de la crisis se diera, tampoco la tierra sería suficiente para soportar el crecimiento económico. Lo que está en crisis es todo un modelo de producción de riqueza, no una parte del mismo.[2] 

Por una parte la subordinación de todas las realidades económicas a un capital financiero absolutamente sobredimensionado no se puede solucionar, pagar, en una sola crisis de carácter financiero. Se irán superponiendo unas a otras. Primero son los activos basura, después los bonos soberanos, después los rescates, después… Es todo el modelo el que está en juego, nunca ha sido tan verdad como ahora el lema de que esto no es una crisis: se llama capitalismo. Un capitalismo que se define ya tanto por su capacidad de explotar como por su capacidad por excluir y donde, además, la vieja contradicción entre capital y trabajo es substituida por la contradicción cada vez más central entre el capital y la vida. El crecimiento económico necesario para sostener la crisis financiera, y para sostener un sistema que si no crece entra en crisis, puede ser ya ahora mismo incompatible con la misma vida. No es baladí traer a colación aquí el análisis realizado por los investigadores del MIT, como actualización del informe de 1972 sobre Los límites del crecimiento patrocinado para el nada sospechoso de izquierdismo Club de Roma. Actualización en la que sobre la previsión de los diez escenarios posibles de desarrollo del capitalismo en el siglo XXI en ocho de ellos se daría un colapso medioambiental. Sólo en dos no sería así. En el primero de ellos no sería así si lo cambios necesarios se hubieran realizado en 1982, en el segundo si se hubieran hecho en 2002. El informe se publicó en 2004[3]. A su vez, tampoco podemos obviar en el análisis de la crisis el problema energético. La humanidad siempre ha substituido la base energética de cada uno de sus modelos de producción a partir del encuentro de una energía más eficiente, transportable y barata, sin que se agotase la anterior. Así sucedió con el paso de la biomasa al carbón y del carbón al petróleo y la electricidad. Por primera vez esto no es así. No existe un substituto clara al petróleo justo en el momento que éste está entrando en vías de agotamiento.    

Este conjunto de elementos por si solo nos indica la posibilidad más que real de un fuerte riesgo sistémico y no sólo financiero. Ciertamente el capitalismo ha mostrado una enorme capacidad de adaptación y supervivencia a pesar de su naturaleza inestable, pero su implosión no sería algo inusual en la historia de la humanidad. La mayoría de sistemas han acabado así. La diferencia radical es que es el único sistema creado por nuestra especie que ha llegado a ser global y, como tal, su implosión está intrínsicamente relacionada con la misma posibilidad de la perdurabilidad de nuestra especie. Los retos son en este sentido inmensos y la situación, como no puede ser de otra forma, ha llevado que la crisis deviniera rápidamente en una crisis política. Su primera expresión en nuestro país se ha gestado en este sentido como una crisis de hegemonía de nuestras instituciones en medio de la cual ha surgido un nuevo movimiento de protesta.

Redes que dan libertad: la genealogía de la protesta


Se tiende a situar el origen del 15M en las revoluciones árabes que le precedieron y que se intensificaron especialmente en el período que va de 2010 a 2011. Y ciertamente su impacto mediático en un marco de profunda reacción donde la revolución ha podido mostrar de nuevo su poder para cambiar realidades que pudieran parecer inmutables, la utilización en su consecución en los países árabes de las redes sociales o el simbolismo que ha adquirido en estos procesos la ocupación de plazas, marcó parte del espacio simbólico donde se desarrolló el 15M. A su vez, cuando se buscan antecedentes en suelo propio, las referencias acostumbran a ser el movimiento V de Vivienda, las movilizaciones vividas durante las jornadas electorales de marzo de 2004, bajo la égida del atentado del 11 de marzo en Madrid, o, un tanto más forzadamente, las movilizaciones contra la implantación del plan Bolonia en las universidades. En el sentido de que en este tipo de movilizaciones, específicamente las dos primeras mencionadas, tuvieron su origen o bien en un e-mail viral o bien en el envío masivo de sms, y se constituyeron en acciones apartidistas, pero profundamente políticas, algo de cierto hay en señalarlas como precedentes.[4]

Es curioso observar de todas formas las poquísimas referencias explicitas, aunque es muy fácil explorar las conexiones directas en la gestión del 15M, al movimiento portugués conocido bajo el nombre de Generaçao a Rasca. Este movimiento que nació por una iniciativa inicial de un puñado de personas en las redes sociales consiguió finalmente movilizar a unas 300.000 personas el 13 de marzo de 2011 en las calles portuguesas. Si tomamos en cuenta que en Portugal vive una cuarta parte de la población de la que lo hace en España y que la manifestación del 15M sacó a unas 130.000 a la calle, no es menospreciable este precedente. La diferencia entre el desarrollo del 15M y el de la Generaçao estuvo en las plazas, por lo demás sus inicios son tan miméticos que no es difícil ver a uno como el principal precedente del otro. Y lo común entre ambos eran dos cosas: una crisis de hegemonía de la democracia establecida, y no de un sistema dictatorial, y las nuevas formas de movilización política. 

La crisis económica, tal como fue presentada, tuvo un primer momento en el cual el discurso dominante presentaba como inevitable, con la sola alternativa del caos, la salvación del sistema financiero a partir de recursos públicos, a pesar de que en el proceso se pudiera generar déficit. Momento que fue seguido posteriormente por una mutación del primer discurso de la crisis de esta salvación hacia la consideración de que la prioridad para superarla estaba en recortar el déficit público vía privatizaciones y erosión de los derechos sociales. Es decir, pasamos de un keynesianismo para ricos, era el momento que se hablaba del retorno de Keynes, a un neoliberalismo para pobres. Pero fuera cual fuera el discurso, lo cierto es que el mismo se impuso a partir de la amenaza en primer termino de que estábamos al borde del caos, en segundo termino de que o se hacía lo que pedían los “mercados” o ellos nos hundían. En ningún momento la democracia formal tuvo mucho que ver con ello y, finalmente, los mecanismos de la misma han sido violentados hasta extremos que hacen difícil hablar de sistemas democráticos y no, como afirma Gerardo Pisarello de un sistema de oligarquía isonómica (con libertades reconocidas, pero con un fuerte control de las elites)[5]. El problema social, económico y cultural ha devenido así en un problema de democracia: para violentarla en el caso de las elites, para reclamar su realidad en el caso de las capas populares. De hecho, en el proceso vivido, al mostrarse descarnadamente como servidor de los intereses dominantes, el sistema político se ha asegurado el dominio, pero ha perdido gran parte de su legitimidad.

Paradójicamente si esto ha afectado en mayor o menor medida en cada país, dependiendo de hasta que punto se haya tenido que subordinar la democracia a los mercados en cada país, lo cierto es que ha erosionado más a la izquierda institucional gobernante que no a la derecha (aunque ella no se ha mantenido tampoco a salvo, como hemos visto en el caso de Italia, la diferencia radica que en este caso un tipo de derecha ha sido sustituida por otro tipo de derecha). Y tiene sentido. Estaba en el ADN del discurso, otra cosa es de las realidades, de las izquierdas gobernantes precisamente la promesa de la democracia como la posibilidad de controlar el capitalismo más salvaje, precisamente como la posibilidad de extender los derechos sociales y políticos a la población. Si el fracaso de la democracia como sistema político que garantiza la soberanía de las personas, frente al poder de los intereses privados, es un hecho palmario en estos últimos años, en el caso de las izquierdas gobernantes este fracaso ha sido doble: como gestores del sistema, como alternativa política. Y es en esta doble realidad donde el problema se percibe por capas cada vez más amplias de población tanto de contenido como de continente. Y es por ello, también a su vez, que a pesar de que se puede esperar un crecimiento electoral de las izquierdas a la izquierda de las gobernantes, en la medida que su centro de acción sigue siendo el sistema político establecido, proponiendo contenidos alternativos pero no claramente nuevos continentes, tampoco ellas pudieron rearticular una nueva hegemonía política, social y cultural. Fue fuera de ese campo, desde nuevas y viejas laderas, desde donde empezó a surgir la respuesta.     

En este contexto, al entorno de la huelga general del 29 de septiembre de 2010, se produjo una revitalización de la izquierda radical especialmente, aunque no únicamente, en Barcelona. Allí, al entorno de grupos autónomos y de la experiencia unitaria de la Assemblea de Barcelona,  se inició un nuevo ciclo de movilizaciones entre la experiencia de la ocupación del Banco en Plaza Catalunya, que dotaría a la huelga en la capital catalana de tintes insurreccionales en el centro de la ciudad, y el 1 de mayo de 2011, donde probablemente se vivió el 1er mayo alternativo con mayor seguimiento des del inicio del milenio. Algo parecido acaeció en Madrid, aunque con mimbres diferentes y una mayor conversión discursiva en una ciudad donde la capacidad de articulación de la izquierda radical había sido mucho menor en los últimos tiempos, a partir de la movilización de Juventud sin Futuro el 7 de abril de 2011. Pero no fue de estos sectores, aunque los mismos jugaron un papel central en la explosión de la protesta posterior al 15M, de donde irrumpió directamente el nuevo movimiento de protesta. A pesar de su renacida capacidad de movilización seguían teniendo un problema evidente de conexión con franjas más amplias de la población.

Si el discurso de Jóvenes sin Futuro[6] tenía mucho que ver con la Generaçao a Rasca, los medíos para construir la movilización que también habían sido básicos en Portugal, fueron principalmente impulsados desde las redes por una nueva plataforma política conocida como Democracia Real Ya. Si los movimientos sociales ya hacia tiempo que utilizaban las redes como herramienta de movilización, la diferencia es que ahora ésta se generaba inicialmente desde estas mismas redes, en un fenómeno que iba mucho más allá de la convocatoria de una movilización en la fecha del 15 de Mayo de 2011.[7] La vivencia de la crisis, y con su gestión la evidencia de que cada uno de nosotros perdía cada día una poco más de control sobre sus vidas con cada vez, y eran muchas, que en un medio público nos anunciaba que los “mercados” habían decido por ellas, se vivía aisladamente. Ante el ruido atronador de las ordenes de mando repetidas hasta la saciedad, parecían pocos, muy pocos, los que veían lo que uno mismo veía. Pero en un espacio esto empezó a no ser así. En las redes. En ellas, lentamente primero, pero en un aceleración exponencial después, uno se encontraba con otros y estos otros con muchos, en un proceso polifónico que generaba una forma de comunicación alternativa, erosionando y determinando las oficiales, construía nuevas identidades colectivas con nuevos símbolos y referentes y se impulsaba para la movilización. Se coordinó en las redes, se encontró finalmente en la calle. Empezó con una manifestación, pero fue mucho más allá de ello cuando la decisión de unos pocos, y en esto de nuevo tuvo mucho que ver componentes de la izquierda radical que ya se habían activado con anterioridad, llevo al movimiento a las plazas. Allí creció, pasando de lo virtual a lo real, hasta convertirse en el principal movimiento de protesta contra la crisis, con unas particularidades que lo hacen casi único en la historia de los movimientos sociales de este país desde el inicio de la democracia.    

Protestando contra la crisis: construyendo democracias.

Pocas veces un movimiento de protesta ha tenido las cotas de aceptación social del 15M (al entorno del 70 – 80% de la población se ha mostrado a favor del mismo), sólo el movimiento contra la guerra de Irak se le asemeja en este sentido. Nunca un movimiento que cuestionaba el sistema en su globalidad ha llevado tanta gente a la calle. Jamás un movimiento que desafiaba al gobierno y a la Junta Electoral Central, que pasaba de la simpatía a la criminalización en los medios de una forma tan radical, como sucedió en Catalunya después de las protestas frente al Parlament del 15 de junio, era a su vez capaz de convocar a centenares de miles de personas en las principales calles del país. Tampoco habíamos vivido antes todo lo que estamos viviendo ahora. Es incomprensible entender su eclosión, evolución y capacidad de permanencia en este último medio año, con una capacidad de convocatoria en la calle que lo ha convertido en el principal sujeto de resistencia, sin una crisis de hegemonía que a su vez ha arrastrado a todos los sectores de la izquierda tradicional.[8] Ya sean partidos o sindicatos.  

Ciertamente se ha acusado a este movimiento –acusación que probablemente se extenderá contra todas las formas amplias de movilización contra la crisis– de populismo e, incluso últimamente, de ser un movimiento emocional. Su populismo es evidente, pero es que difícilmente puede ser de otra forma como mínimo en dos sentidos. En el primero de ellos, el retorno de palabras “fuertes”, a pesar de todos los intentos de los teóricos de lo líquido, como Bauman, para hacer ver lo contrario, como “pueblo”, “democracia” o “revolución”, hace referencia precisamente a la violentación radical y fuerte de principios básicos de nuestra modernidad política. Puede sorprender ese usos de retóricas debilitadas y denostadas durante decenios, pero no se puede negar que precisamente lo que está en juego en estos momentos es la democracia entendida como poder del pueblo y ante este peligro cabe recordar que en sus constituciones originales se recogía el derecho a “resistencia” del “pueblo”. Esto sorprende también a un izquierda radical que actuaba desde parámetros políticos distintos, y poco habituada a luchar de tú a tú en el campo semántico de la hegemonía dominante usando conceptos como democracia o pueblo.[9] En el segundo sentido, porque en la medida que esta crisis tiene como uno de sus componentes fundamentales la subordinación de todas las realidades económicas a las lógicas internas del capital financiero, no se presenta netamente como un conflicto de clases entre capital y trabajo. Ciertamente la lucha de clases está presente en esta situación, como lo está en el origen de la misma. Lo decía más claramente imposible Warren Buffet en 2006 “Hay lucha de clases y es la mía, la de los ricos, la que está haciendo la guerra y la estamos ganando”, pero quien habla de ella es una gran financiero y no un patrón de una fábrica del metal. Es más, pequeños y medianos empresarios y capas de la población no asalariadas están sufriendo esta crisis con una intensidad a veces poco menor, y en algunos casos mayor, que los sectores tradicionalmente identificados con la clase obrera. Es en este sentido que los sindicatos tradicionales, contrariamente a lo que se creyó en los orígenes de la crisis por una parte de la izquierda, no han devenido en el gran polo de resistencia a la misma, más aún cuando su construcción sindical pertenece a un mundo que está en estos momentos feneciendo. Sin duda el sindicalismo sigue teniendo un enorme sentido, más aún cuando se quiera hacer pagar a las clases populares la factura especulativa, la duda es si lo tiene con los parámetros organizativos y tácticos propios de una situación radicalmente diferente a la que estamos viviendo. Al igual que sucedió en la Europa de entreguerras se está desplazando rápidamente el espacio de conflicto principal hacia lo político, lugar donde se tejen amplias alianzas de confrontación entre intereses que son diversos en si mismos. Y las lógicas en ese espació y por este tipo de confrontación, dado su carácter interclasista, tienden de forma natural al populismo a situar el “pueblo”, entendido como un ente amplio y representativo, en el centro del discurso para la acción. Lo cual no quiere decir que esas formas de populismo superen las dialécticas de clase, como tampoco quiere decir que superen los campos ideológicos. En la Europa de entreguerras la respuesta a una crisis similar dio como resultado dos tipos de populismo. El primero de ellos fue le fascismo que, haciendo frente a un sistema financiero desbocado, proponía una alianza profundamente reaccionaria en contra de los intereses de las clase populares y a favor de las privilegiadas. El segundo de ellos fue el frentepopulismo, que alcanzó importantes victorias electorales en los años treinta, siendo de todas formas un fenómeno que iba mucho más allá de lo electoral, mutó en la resistencia contra el fascismo y fue, finalmente, la base que tiñó los sistemas democráticos surgidos después de la Segunda Guerra Mundial. 

En este marco el contenido inicial del 15M ha mostrado una gran diversidad que sólo ha encontrado su unidad en la denuncia de la falta de representatividad del sistema político. Dos lemas son los que han marcado se agenda reivindicativa más evidente: “No somos mercancías en manos de políticos y banqueros” y “No nos representan”. Pero está unidad, que identifica a los adversarios y denuncia el problema de un sistema político que no es capaz de ser lo que dice que es (la representación del pueblo) esconde sus dos almas, tal como las ha caracterizado Carlos Taibo.[10] En la primera de ellas hay un intento de que el espacio institucional quede más ligado al pueblo que a los intereses financieros, mediante cambios fundamentales en las reglas del sistema de representación, que van desde la modificación de ley electoral hasta la introducción de mecanismos de democracia 2.0. Se pretende así consolidar el sistema en su vertiente democrática, ya que se percibe correctamente que la raíz de la crisis y sus consecuencias tienen que ver mucho precisamente con la falta de democracia. Es, en este sentido, un 15M sistémico, al menos sistémico de la retórica que ha servido para la legitimación del orden institucional, y en él se encuentran los principios básicos para cualquier intento serio de refundación del proyecto socialdemócrata.[11] En la segunda “alma”, contrariamente, se parte de la presunción de que el sistema no puede ser democrático y se pretenden explorar alternativas al mismo con nuevas formas de representación que partan de la autoorganización, más que con contenidos explícitos desde la constatación que las alternativas aún están en construcción y desde un intento de superar viejos paradigmas heredados de la izquierda radical, viendo el movimiento en si mismo ya no como una protesta para realizar cambios sino como un nuevo espacio de configuración de la realidad política.[12]  

Dos almas que basculan según los lugares y los momentos y que están profundamente conectadas entre ellas en una evolución marcada por su misma interrelación con el sistema que se pretende cambiar. Y es que a pesar de todos lo guiños hechos desde la clase política hacia le movimiento, la realidad ha sido que el sistema institucional cada vez se blinda más contra sus demandas, vía reforma de ley de partidos, que cierra cada vez más la posible participación de nuevas opciones, o la misma reforma de la Constitución en un sentido netamente neoliberal.

De hecho, si inicialmente la alma “reformista” parecía predominar, y era la que conectaba más claramente con los medios de comunicación y las clases medias, en la medida que el 15M se trasladó de las acampadas a los barrios se conectó más claramente con luchas populares iniciando, por ejemplo, campañas contra los desahucios. A su vez en el proceso devino en un movimiento activo y no sólo reflexivo, utilizando repertorios de protesta que, como las ocupaciones, deben mucho a los movimientos sociales alternativos. En este camino parece que su alma “radical” se está afianzando, aunque a veces se pierda en un retórica que puede paralizarla como actor político[13] o producir que el movimiento en sí pierda su centralidad permanente en el escenario político. Los intentos, en este sentido, de que el 15M deviniese en parte un Tea Party de izquierdas, con la colocación de candidatos próximos en algunas listas electorales, la colonización de parte del discurso de la socialdemocracia gobernante hasta ahora o el impulso de operaciones que intentasen evitar la mayoría absoluta del Partido Popular, no parecen haber fructificado demasiado. Lo cual no quiere decir que este aspecto, en la reconstrucción del campo de la izquierda política institucional, no tenga aún recorrido en un momento de desconcierto absoluto en estos espacios. De todas formas la perspectiva que se abre ahora, con la entrada en el poder de la derecha política, parece apuntar a un endurecimiento cada vez mayor de la relación entre protestas populares y un sistema político que a la vez que es refrendado electoralmente, genera amplia desconfianza en una mayoría de la población. Sólo cabe recordar en este sentido que el nuevo Presidente del Gobierno lo es por mayoría absoluta, a la vez que también los es por el hundimiento sin paliativos de la socialdemocracia gobernante, más que por un aumento absoluto de votos, y que genera desconfianza en un 70% de la población. Una situación donde parece que la crisis de hegemonía del sistema político va a profundizarse más aún y en la que los movimientos de protesta seguirán planteando la problemática de la crisis en términos sistémicos.  

Lo que hemos vivido hasta ahora sólo es el principio, habrá sucesivas mutaciones de la protesta en nuevos contextos político y en un contexto social caracterizado por la profundización en las desigualdades. En el proceso, la mundialización de la protesta, y en este sentido la convocatoria del 15 de octubre ha sido clave para el salto de las protestas a EEUU, probablemente será una de las salidas para la ampliación de las formas de acción y de la posibilidad de imaginar escenarios futuros que den respuesta a una crisis que es global y sistémica. Los retos van mucho más allá del problema de representación del sistema político, aunque en él este una de las principales claves de su solución. El conflicto se plantea en términos de democracia o dictadura, en este caso de los mercados, pero también en términos de capital o vida. Y en esa lucha sólo el principio anunciado por las clases populares en el origen de nuestra modernidad política nos puede acompañar para reconstruir y reconstruirnos: “que el número de nuestros miembros sea ilimitado”. Es el núcleo básico de lo que irrumpió en nuestras calles hace medio año, de las cenizas de un proyecto que ardían todavía lo suficiente como para recordar y recordarnos qué éramos, cómo éramos y cómo podríamos ser. No es un movimiento fuerte, se gesta entremedio de un largo termidor reaccionario, pero en su suerte, y en la de las protestas que vendrán, probablemente está en juego nuestro destino como sociedad.



[1] Thompson, E.P., La formació de la classe obrera en inglaterra, Barcelona, Crítica, pp. 3-8.
[2] Harvey, D., L’enigma del capitale, Milano, Feltrinelli, 2010, p. 33.
[3] Meadows, D. (coord.), Los límites del crecimiento: 30 años después, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2004.
[4] La literatura sobre el 15M es ya muy extensa actualmente, para el tema de los precedentes yo señalaría especialmente los siguientes títulos:  VVAA, La rebelión de los indignados, Madrid, Editorial Popular, 2011; Viejo, R., (ed.), Les raons dels indignats, , Barcelona, Portic, 2011; VVAA, Les veus de les places, Barcelona, Icaria, 2011.
[5] Pisarello, G., Un largo termidor. Lo ofensiva del constitucionalismo antidemocrático, Madrid, Trotta, 2011.
[6] VVAA, Juventud sin futuro, Barcelona, Icaria, 2011.
[7] Ver para DRY y el impacto de la movilización en las redes: VVAA, Nosotros los indignados, Destino, Barcelona, 2011; VVAA, Las voces del 15-M, Los panfletos del lince, Barcelona, 2011.
[8] Para un relato del desarrollo inicial del movimiento tanto en las calles como en las redes especialmente: Requena, A., y Muñoz, A., “El movimiento 15-M. Los hechos” en VVAA, Las voces del 15-M, Barcelona, los panfletos del lince, 2011, pp. 11- 43; Pin, Gala, Arbide, H., “Maig del seixanta-tweet” en VVAA, Les veus de les places, Icaria, Barcelona, 2011 pp. 50-60; Fernàndez, D., “Quadern de bitàcola”, VVAA, Les veus de les places, Icaria, Barcelona, 2011 61 - 82  
[9] Para esto ver: Errejón. I., “Disputar les places, disputar les paraules” en Viejo, R. (ed.), Les raons dels indignats, Barcelona, Pòrtic, 2011, pp. 18 – 24.
[10] Taibo, C., Nada será como antes, Madrid, La Catarata, 2011.
[11] Se puede reseguir esta “alma” del 15M, tanto en los programas desarrollados en él como en sus participantes, ver para esto: VVAA, Las Voces del 15-M, Barcelona, los panfletos del lince, 2011; Bennasar, S., La primavera dels indignats, Barcelona, Meteora, 2011; VVAA, Giménez, I., “Democracia Real Ya entre el Open Government y el ciberactivismo” en VVAA, La rebelión de los indignados, Madrid, Editorial Popular, 2011, pp. 59 – 72.
[12] Ver para esto, por ejemplo, Ruggieri, F., Miró, I., “Ningú no ens representa. La plaça com a metàfora de la nova societat”, en VVAA, Les veus de les places, Barcelona, Icaria, 2011, p.38 – 49; Fernández-Savater, A., “Apuntes de acampadasol” en Las voces del 15-M, Barcelona, los panfletos del lince, 60 – 74.
[13] Sobre esto ver: Domènech, X., “Dos lógicas de un movimiento”, SinPermiso, número 9, julio de 2011. 

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