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viernes, 25 de octubre de 2013

Hay un balcón esperando. La ruptura catalana

 














Historia de un balcón

Hacia las once de la mañana un hombre extremadamente inquieto se va encontrando con sus amigos mientras anda por Barcelona. Es abogado y como tal lo ha sido de los diversos activistas de los movimientos sociales de Barcelona y de Catalunya durante sus años más duros. Hace dos días que, además, es regidor electo del Ayuntamiento de Barcelona. Han sido unas elecciones extrañas. España se encuentra aún bajo los influjos de la Dictadura de Primo de Rivera y también todavía bajo una monarquía. Pero el 12 de abril unas elecciones municipales que ganan globalmente los monárquicos, han llevado a la victoria republicana allí donde realmente se ha podido votar con pluralidad: en las capitales de provincia y principales ciudades de España. Ha sido un resultado sorprendente. Él mismo es regidor municipal por un partido que tiene menos de un mes de historia y por el que nadie daba un duro: Esquerra Republicana de Catalunya. Un partido que arrasó en las municipales del 12 de abril. Pero de eso ya hace dos días y parece que todo el país está instalado en un impasse. En ese momento ese hombre se decide a hacer un gestó. Se dirige hacia el Ayuntamiento, toma posesión sin más de la vara de alcalde y se asoma hacia el balcón que da a la Plaça Sant Jaume. Son las doce pasadas y Lluís Companys proclama el nacimiento de la República. Una vez la noticia es sabida en la ciudad, otro líder de ese partido, cabreado ante la decisión unilateral de su compañero, se dirige al balcón que hay enfrente del Ayuntamiento de Barcelona, el de la sede de la pasada y futura Generalitat, y proclama el Estado Catalán integrante de la futura Federación de Repúblicas Ibéricas. Se llama Francesc Macià y falta un cuarto de hora para las tres de la tarde. Finalmente, ya al atardecer, en una reacción en cadena, la República española es proclamada en Madrid.

Desde ese día ese balcón, con diversa suerte, ha marcado los grandes puntos de inflexión de la historia de Cataluña. De nuevo Companys salió en él para proclamar el 6 de octubre de 1934 (cuando la CEDA llegaba al gobierno de la república y en medio de una convocatoria de huelga general de protesta en toda España y la insurrección de la comuna asturiana) el Estado Catalán de la República Federal Española. Una de las declaraciones de independencia más curiosas de la historia, cuando justo después de ella invitó a formar un Gobierno Provisional de la República española en Barcelona. No se encuentra otro caso como este en los anales de la historia: el líder de un estado independiente que invita a formar un gobierno en el exilio a aquellos de los que se acaba de separar. Historia que en este caso acabó con los huesos de Companys, y de muchísimos otros, en la prisión y con la suspensión de la autonomía catalana. Más de cuarenta años después sería otro President de la Generalitat, Josep Tarradellas, el que saldría a ese mismo balcón el 23 de octubre de 1978. En este caso para proclamar el “Ja sóc aquí” (ya estoy aquí) que significaba la reinstauración legal de la Generalitat republicana, previamente a la propia aprobación de la Constitución española, y la de un presidente cuya legitimidad última descansaba en el último parlamento catalán elegido durante la República. Nada menor, fue la única ruptura simbólica que conllevaba la reinstauración de una institución republicana durante el proceso de transición. Todo ello después de la manifestación que agrupó un millón de catalanes el 11 de septiembre de 1977.

Por lo que parece, 45 años después, tras la manifestación del 11 de septiembre de 2012, ese balcón vacío ejerce una poderosa atracción de nuevo.
   
Hacia la ruptura del sistema político

Es improbable que se produzca un referéndum en Cataluña sobre la posibilidad de su independencia. No se puede negar nunca la capacidad de cintura política de un sistema político que tuvo como su primer presidente, para sorpresa de todos, a Adolfo Suárez, último Secretario General del Movimiento. Menos todavía cuando la crisis actual de legitimidad del sistema y de la misma corona demandan a gritos algún tipo de operación audaz para su reconstrucción. Pero, a pesar de ello, no parece de momento probable. Ni eso, ni un pacto de salida entre elites para retornar a la estabilidad. Tampoco Artur Mas, y una parte importante de la dirigencia de CIU, pueden dar marcha atrás sin desaparecer para siempre de la ecología política catalana. Todo parece indicar, a pesar de al importancia de la lucha por un referéndum, un camino que lleva a la convocatoria de unas elecciones plebiscitarias para llegar a una declaración unilateral de la independencia de Catalunya. Si es así el balcón deberá ser llenado de nuevo, pero la pregunta es quien saldrá en él: ¿Mas? ¿Junqueras? ¿Alguien que todavía no ha emergido? Y le pregunta más importante sigue siendo, a pesar de la atracción innegable que ejerce ese balcón en la historia de Catalunya y de que todo parece de nuevo llevar a él, ¿alguien podrá salir allí finalmente?

La locomotora marcha sin freno hacia la estación balcón, pero en el camino puede perder muchas piezas, hasta acabar con ella. En el marco de unas elecciones plebiscitarias el sistema político catalán amenaza en este sentido de implosión. La coalición gobernante formada por CDC y UDC más que probablemente se desharía antes de llegar a la contienda electoral. Unas elecciones en las que Convergencia quedaría en segundo lugar o equiparada por poco con ERC, el PSC profundizaría su harakiri electoral, mientras que ICV, que se puede agrupar al entorno de la defensa de la consulta, probablemente quedaría dividida ante el dilema de votar directamente en un Parlament el sí o el no a la independencia. Todo ello mientras asistimos al incremento de un nuevo frente patriótico, pero en este caso español, pilotado por Ciutadans y a la erosión del PP como partido del poder central. Es posible, en este contexto, que no haya una mayoría parlamentaria para la declaración de independencia. El resultado de un parón del proceso en este sentido no haría sino sumir al sistema político catalán en una situación de bloqueo y a la propia redefinición del proceso sobre nuevas bases.

Pero supongamos que sí, que se ha llegado a un escenario donde la declaración unilateral es posible. Alguien o álguienes, aún no sabemos quien o quienes, salen de nuevo al balcón y declaran la independencia de Cataluña. ¿Qué pasa después? Si en las elecciones de 2015 un Partido Popular disminuido consigue estar de nuevo en el poder, o hay una amplia coalición PP-PSOE para “salvar” a España de la quiebra, o la alianza es entre el PP y UPyD ya más sencillamente para “salvar” a España, lo más probable es la suspensión de la autonomía catalana. Suspensión que se podría realizar de iure, por decreto, o de facto, vía inhabilitación de sus principales dirigentes, y con ello no termina ninguna historia, probablemente no haría sino empezar de una forma mucho más cruenta.    

Más allá del día D

No hay precedentes para lo que pueda suceder aquí. Pero si finalmente el bloqueo al proceso es externo y coercitivo difícilmente el sistema político español no quedará también profundamente afectado y dislocado.  Las veces que alguien ha salido a ese balcón de Plaça Sant Jaume no ha definido tan sólo la historia de Cataluña, también hizo lo mismo con la de España, como reestructuración del Estado o como proceso reaccionario.
 
Joaquín Maurín, más que probablemente el único pensador político marxista original en la década de los veinte y treinta, apuntaba que el proceso de emancipación nacional catalana tenía tres fases. En la primera estaba dominado por los partidos “burgueses”, en su caso se refería a la Lliga de Cambó, el esquema nos llevaría a nosotros a la CIU de Artur Mas; en la segunda por los partidos de la “pequeña burguesía”, en su caso se refería a ERC, en el nuestro volvería a ser ERC; y en la tercera por los “proletarios”, en su caso él pensó que sería el POUM, aunque acabó siendo el PSUC, en el nuestro es de suponer que quiere ser la CUP, pero de la misma manera que en el caso del POUM nada está claro todavía, y no parece ser que ella se piense estratégicamente así, sino como el partido que pretende agrupar todo lo que esté a la izquierda de ICV, dejando a ésta el amplio campo que va de ella misma hasta los votantes del PSC. Aunque la verdad sea dicho de paso la tercera fase nunca quedó verificada completamente, ya que cuando llegó lo hizo de la mano de una revolución social donde lo nacional quedó en segundo plano. Pero lo que sí que parece más o menos claro, al menos lo está desde los años treinta del siglo pasado, no antes a pesar de todos los mitos que lo explican así, es que el catalanismo es el espacio hegemónico del campo político en Catalunya, desde el que se construye todo proyecto con voluntad de mayorías. Al menos hasta ahora, ya que tampoco nunca antes el catalanismo había sido, menos en algunos sectores no mayoritarios, centralmente independentista, sino una propuesta de reconstrucción de España desde Catalunya, con lo cual tampoco es impensable el retorno a escenarios políticos anteriores a los años veinte. 

Estamos en un momento de incertidumbre absoluta, que se cruza y se interrelaciona de formas diversas con la crisis de legitimidad del sistema actual, pero en este marco las izquierdas catalanas en la oposición deberían poder trabajar con hipótesis y escenarios que fueran más allá de lógica y agenda gestadas por CIU y ERC, y no sólo intentar profundizar en ellas en un sentido radical. Lo que estamos viviendo, en un proceso que se agudizará si sigue las rutas actuales, es un terremoto político en el panorama institucional catalán. La desintegración del voto socialista, al que sigue la profunda erosión electoral de CIU, los dos partidos centrales del sistema hasta ahora; una ERC en crecimiento espectacular, pero crecimiento orientado claramente a la consecución de la independencia que si fracasa puede ser un voto de retorno; una ICV-EUiA que se mantiene estable, una estabilidad que si pasa de la estática a la dinámica le da mucho juego político todavía, pero que de momento aún no ha mostrado ninguna carta nueva ni parece que este pensando seriamente en ello; y unas CUP que sitúan por primera vez el espacio anticapitalista en el Parlamento Catalán. Todo ello son sólo los signos más institucionales de este terremoto. Por abajo, si algún actor ha visualizado activamente la profundidad de este seísmo ha sido el movimiento político Procés Constituent. Su propuesta de iniciar un proceso constituyente donde el eje social integre al nacional, y no el nacional al social como suele ser más tradicional, a partir de un nuevo eje que sea una transformación global constituyente, tiene una suerte incierta todavía, pero con un recorrido que empieza a ser sólido. En sus multitudinarias presentaciones y asambleas por todo el territorio catalán ha mostrado hasta que punto la pasión política está prendiendo en la calle, travesando los espacios más activistas, y hasta que punto hay una crisis de representación transversal.

Unas izquierdas que quieran sobrevivir al proceso y hacerlo suyo para devenir en una alternativa de mayorías deben no quedar atrapadas en su lógica más institucional, y prepararse en lo que más que probablemente devendrá en una saturación e implosión de sistema político tradicional. Camino en el que difícilmente encontrarán las izquierdas catalanas con las españolas procesos de convergencia fuertes, más allá de pequeñas y significativas minorías. Actúan en dos espacios políticos con profundas contradicciones y con lógicas diferenciadas que lo hacen especialmente difícil cuando se refieren a las realidades nacionales. Es más la voluntad “pedagógica” catalana a veces es tomada sencillamente como una afrenta, para aquellos que no creen que el problema sea de comprensión. Pero eso no significa que no haya un espacio práctico claro de encuentro. La primera vez que alguien salió en ese histórico balcón de la singladura catalana, lo hizo después de unas elecciones municipales realizadas en toda España, donde se habían concentrado diversas candidaturas con un mismo objetivo: acabar con el Estado de la restauración. Él que salió formaba parte de un partido que apenas tenía un mes de historia y allí en el proceso, aún sólo fuera por un instante, se encontraron las diversas izquierdas y en ese encuentro se retroalimentaron.