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martes, 14 de agosto de 2012

Conexiones y desconexiones (II). Estrategias plurales y (des)integradas



I

Cuando Malcolm X volvió de la Meca en 1964, ante las preguntas de los periodistas reflexionó sobre si la solución del “problema negro” (a él siempre le había gustado señalar que los negros no tenían ningún problema, si acaso cabía hablar de un problema blanco) seguía pasando por el retorno a África y no por la transformación de su realidad en los EEUU. La tradición en la que se inscribía había postulado siempre que los hijos y los nietos de los esclavos no eran americanos, sino africanos llevados a una tierra extraña. En esta reflexión en voz alta apunta ya no a la posibilidad del retorno, de la desconexión absoluta, pero sí a la necesidad de hacer “Una emigración cultural y mental de retorno a África, no necesariamente una emigración física, que signifique que reafirmamos nuestros lazos. Ayudaría a reforzarnos aquí en America, al pueblo negro de America, no tan sólo espiritualmente, sino que a la vez nos daría la iniciativa para resolver nuestros problemas, aquí, en casa.” Con esta reflexión, y el paso de ser el líder de una organización de carácter religioso como la Nación del Islam a propugnar la acción política amplia, el gran príncipe afroamericano daba una paso de gigante en el intento de fusionar políticamente dos tradiciones incompatibles en la práctica hasta entonces.

La primera era anunciada en una fecha tan temprana como 1831 en un mitin celebrado en Nova York: “No creemos que las cosas continúen siempre igual (…) Llegará el día en el cual la Declaración de Independencia será sentida con el corazón de la misma forma como es expresada con los labios, cuando los derechos de todos serán reconocidos  y apreciados debidamente. Esta es nuestra patria y este es nuestro país. (…) Aquí hemos nacido y aquí moriremos”. Pero todavía resonaban con fuerza también las palabras de les cartas enviadas por los negros libertos que habían emigrado a Sierra Leona en 1815 huyendo de America: “Aunque que seáis libres, esta no es vuestra patria, África y no América es vuestro país y vuestra casa”. Palabras que nos hablan de una escisión básica que recorrerá el movimiento de emancipación de la población negra en EEUU a lo largo de todo el XIX y XX. Por un lado, aquellos que buscaran la integración dentro de la sociedad de los EEUU, a partir de la transformación de sus bases y el reconocimiento de pleno derecho como ciudadanos de les personas de color, y que tendrán su líder más esplendoroso en Martin Luther King. Por otro lado, una larga tradición que tendrá su primer eslabón en las iniciativas desarrolladas a lo largo del siglo XIX para intentar el retorno a África de los antiguos esclavos; un amplia difusión con el movimiento de entreguerras liderado por Marcus Garvey; y diversas variantes  entre los intentos de crear un Estado propio en África o reclamar el derecho a la autodeterminación para hacerlo en la misma America. Movimientos que estaban condenados al fracaso, por la inviabilidad misma de su propuesta (¿qué Estado? ¿Qué territorio?),  pero que tenían éxito en otro sentido.

Al proclamar la existencia de una cultura y una identidad antiguas y vivas devolvían el orgullo y unas señas de pertenencia a una población diezmada cultural y humanamente. Ellos no sólo eran los hijos de esclavos marginados de una vida plena, eran los descendientes de las grandes culturas africanas, los hijos de una cultura milenaria mucho más antigua y rica que la anglosajona. Al construir dentro de ese movimiento redes económicas, culturales y sociales propias y autónomas del resto de la sociedad blanca, expresaban y realizaban la posibilidad de crear un mundo propio dentro de otro que les era profundamente hostil. Finalmente, la inviabilidad práctica de una realización inmediata de esta propuesta política la hizo perdurar en forma de fe, de religión. La suposición que frente a la religión católica de los blancos existía otra que era propia de los africanos, en este caso el Islam, y la gestación de una escatología, de una visión de finalidad, que situaba la liberación del pueblo negro de los Estados Unidos en un intervención divina que se produciría en un futuro indeterminado en el cual se retornaría a África, fue el germen del nacimiento y desarrollo de la principal organización de esta tendencia: la Nación del Islam. En esta escatología no había intervención política, ya que la misma no tenia sentido en el tiempo de espera del día de la intervención divina. Durante el mismo tan sólo quedaba prepararse para hacerse dignos de la liberación: construir el propio mundo. Un mundo de todas formas que sufrió un gran terremoto en la fuerte dinámica social y política de los años sesenta. Difícil era en este contexto que desde la desconexión proclamada y practicada no se reconectase de nuevo con la realidad de una forma, con una intensidad y un color diferente que el resto de sujetos que habían hecho del intento de transformación de los EEUU su principal objetivo. La figura clave de este proceso, que lo metabolizó y lo simbolizó, no es otra que la de Malcolm X. El líder negro inauguró así un nuevo camino, éste, como había intentado Du Bois desde finales del siglo XIX sin éxito, se construía sobre una identidad donde ellos dejaban de ser americanos que buscaban su plena integración o bien africanos en un tierra extraña que buscaban su retorno a casa. Su casa era America, pero no la America realmente existente, sino la que se construiría sobre nuevas raíces. Su identidad ya no era americana o africana, ellos eran afroamericanos. A partir de esta base se abandonaba la escatología, el tiempo de espera se convertía en el tiempo del obrar, la acción ya no sería religiosa sino política, las redes autónomas no serían una preparación para el retorno, sino la fuerza para la transformación en el aquí y el ahora.

En unos momentos en los cuales la “imposibilidad” de cambiar la propia realidad lleva, y cada vez llevara más, a las propuestas de desconexión, es decir a las propuestas de crear un mundo propio en forma de redes sociales, culturales, económicas y territoriales propias, es importante observar que estas propuestas tienen un límite pero también una virtud. No se trata de renunciar a nada, si se hace se convertirá en una opción condenada a la escatología de unos pocos, sino de buscar áreas de desconexión mental, cultural, social y económica para poder apropiar-se de recursos que permitan el retorno a una política amplía hecha desde  nuevas bases. No es nuevo.

II

Los movimientos emancipatorios a lo largo de toda su historia y en les diversas formas que han tomado, han mantenido unas constantes estratégicas que no parece que hayan de cambiar. Podríamos etiquetarlas, grosso modo y con un trazo grueso, en tres grandes continentes. Aquellas que han buscado en la acción directa el cambio social y político, aquellas que lo han hecho en la desconexión del sistema y aquellas últimas que han optado por una acción política organizativa como centro desde el que operar un cambio que afecta de forma gradual a varias esferas de la sociedad.

La tradición de Gracus Babeuf y su conjura de los iguales en el crepúsculo de la Revolución Francesa inaugura la forma moderna de la aspiración de un cambio radical mediante la toma directa del poder. Su origen lo hemos de encontrar  en los demócratas radicales que habían descubierto que la democracia por si sola no llevaba a la igualdad y que cuando lo hacía rápidamente era transformada en una dictadura. El problema según ellos era la gran propiedad, los “acaparadores de los bienes comunes” y la solución no otra que la toma del poder. La conjura fue reprimida a sangre y fuego, y sus cenizas aplastadas bajo la bota del nuevo orden burgués napoleónico. Babeuf, esperando el fin, estimulaba a sus seguidores a tomar nota de todo lo que había sucedido para que “Un día, cuando la persecución haya amainado, cuando quizá los hombres de bien respiren con suficiente libertad para poder arrojar algunas flores sobre nuestra tumba, cuando haya llegado el momento de soñar de nuevo (…) podrás buscar en estos papeles y presentar a todos los discípulos de la Igualdad (…) los contenidos que los hombres corrompidos de hoy llaman mis sueños”.  Buonarroti, uno de los últimos supervivientes de la conjura, será el encargado de realizar una transmisión que conectará directamente con las sociedades secretas del siglo XIX, el blanquismo y de él, de una forma nunca plenamente reconocida, con el mismo comunismo hasta los años treinta y una parte de la tradición anarquista. Una línea que hila el viejo sueño de asaltar los cielos para construir la nueva Jerusalén en la tierra.

Blanqui es seguramente el más desconocido y el mejor exponente de esta pulsión. El conocido como el timbre de bronce conmovió el siglo XIX, como les gustaba decir a Walter Benjamin clamando contra su olvido. Poco amante de los debates entre marxistas, proudhonianos, cabetianos o owenitas, su legado en términos de escritos fue pobre, lo que contribuyó, en parte, a ese olvido. Según él sus ilustres contemporáneos no hacían otra cosa que  “discutir que hay en la otra orilla del río, lo importante es cruzarlo”. De hecho, se puede considerar el gran estratega de la insurrección, y el gran táctico del golpe de Estado, y como tal pasó más días de su vida en prisión que en libertad. Pero, a pesar de ello, el blanquismo fue el verdadero actor dominante de los movimientos emancipatorios desde la segunda mitad del siglo XIX hasta 1871. Vivió entonces su victoria más grande con la instauración de la Comuna de París, de la que el mismo Blanqui fue nombrado presidente de honor, convertida en la primera experiencia de gobierno moderno basado en la democracia directa y en la voluntad de transformación radical de toda la realidad. Victoria que fue también su principal epílogo. El final sangrante de la Comuna acabó con el blanquismo como corriente dominante. De todas formas, la voluntad insurreccional por encima de todo pervivió como mínimo hasta 1917 y fueron muchos los contemporáneos que señalaron que el mismo Lenin era más hijo de Blanqui que de Marx. No en vano en el momento de decidir la toma del Palacio de Invierno, con parte del comité central en contra debido a la paradoja de proclamar una revolución socialista obrera en un país prácticamente agrario, Lenin abandonó todo debate argumental para afirmar con Goethe ante los contrarios, e iniciar aquel experimento que había de cambiar la historia, “la teoría, amigo mío, es gris, pero verde es el imperecedero árbol de la vida”. 

Pero si las revoluciones son contagiosas, también son una extraña flor en la historia y todavía más raras son las triunfantes. Estas últimas dejan de ser mitos para pasar al campo de la leyenda. Una leyenda que difícilmente se convierte en pauta del cambio político, a pesar de que se encuentre en la base de todos los grandes cambios. El último eco de la primavera de los pueblos de 1848 se vivió precisamente en aquel 1917 que determinó todo el siglo. Ninguna otra ola revolucionaria más atravesó el siglo XX con la misma fuerza, a pesar de que fueron muchos los que siguieron haciendo de esta singularidad el principio de toda su acción política. Otros, del fracaso de las revoluciones que habían emprendido, de la imposibilidad de cambiar el orden existente, buscaron fuera del sistema lo que no encontraban dentro. Esta –la historia de los intentos de desconexión– es una historia prácticamente tan antigua como la humanidad. Se encuentra en todo proceso migratorio colectivo animado por la voluntad de fundar una sociedad nueva, se encuentra en las personas que vivían en los bosques escapando de la servidumbre feudal, en la formación de las sociedades cimarrones de Latinoamérica, que podían agrupar a más de 15.000 persones viviendo en comunidad bajo el principio de la igualdad durante siglos, o en la agrupación de cabetianos por toda Europa, señaladamente también en Barcelona, después del fracaso de les revoluciones de 1848 para marcharse a fundar sociedades comunistas en America.

Pero si los afroamericanos descendientes de los esclavos de los EEUU no encontraban donde concretar el retorno a África, algo similar pasó con las propuestas de desconexión. Realizables a lo largo de la historia de la humanidad, lo dejaron de ser con la tendencia constante del capitalismo a desarrollarse como  sistema-mundo, dejando cada vez menos espacios “libres” de las “aguas heladas del cálculo egoísta”. En este sentido, a partir de un cierto momento del último tercio del siglo XIX la desconexión mutó de medio para realizarse y pasó a ser predominantemente la articulación de redes económicas, sociales y culturales propias dentro de la sociedad. De hecho, en el seno de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), a pesar de cómo nos ha sido legada su memoria, el gran debate no se estableció entre el anarquismo insurreccionalista de Bakunin o el gradualista de Proudhon y el socialismo de Marx. Estas posiciones tan sólo eren la forma pública de un debate más de fondo en una época donde Marx no era sino, en palabras de William Morris, “la mejor mente de nuestro lado” y no el fundador de una doctrina con seguidores que buscaban en sus citas, manuales y vulgatas un principio de autoridad. Este debate se libraba entre los que veían el mutualismo y el cooperativismo como la base para la transformación social presente y futura y los que postulaban primero en la huelga general y después en la articulación de grandes sindicatos de masas el camino hacia a una sociedad más justa. Cabe decir que las dos posiciones estaban enmarcadas entre el viejo proletariado y la nueva clase obrera industrial surgida de la segunda revolución industrial. Los primeros tuvieron en el proudhonismo gradualista, y tan sólo más tarde en el bakunismo, su propuesta más afín, mientras que los otros la encontraron primero en el marxismo y más tardíamente en algunos países en el sindicalismo revolucionario y/o el anarcosindicalismo. Finalmente fue esta última ideología –la marxista– la que se impuso como dominante, pero lo fue en tanto en cuanto se encarnó en una forma de organización completamente nueva y, en su momento, exitosa: el partido. 

A pesar de que se ha tendido a ver en la actualidad los partidos modernos como una forma más de dominio –la partitocracia– de las elites, lo cierto es que estos nacieron de sectores populares como primera forma de articulación política de la sociedad de clases. Es más, su nacimientos transformó la realidad en un sentido que las clases dominantes nunca habían previsto. La reacción Europea que se transmutó en una gran oleada represiva después de la derrota de la Comuna de París, dejó prácticamente diezmadas las diversas corrientes insurreccionalistas. En un contexto marcado por la desesperación nació el terrorismo populista o anarquista, mientras aquellos que habían buscado en la desconexión el principio de la nueva sociedad veían como gran parte de sus proyectos perdían centralidad política en un período extremadamente duro y de crecimiento constante del gran proletariado industrial. La primera AIT como tal desapareció y Marx y sus seguidores abandonaron todo intento de mantenerla viva, ya que ahora el proyecto era otro.  En Alemania, conjuntamente con los lassellanos, crearan en Gotha el partido socialdemócrata Alemán (SPD). Este no propugnaba un medio único para realizar la revolución –la huelga general, las técnicas insurreccionales o la creación de un tejido económico alternativo–, sino la constitución de les clases populares en partido para poder decidir en cada momento cual era la mejor opción. Una estrategia que, a pesar de no estar inicialmente en el centro de su acción, no descartaba la penetración institucional. Pero de hecho fue esta última realidad la que se convirtió en el principal polo de confrontación con el Estado bismarckiano.

En las elecciones de 1878 los “antisistema” de entonces consiguieron nueve diputados. Ante el temor que suscitó esta realidad, aún migrada, el Canciller Bismarck hizo aprobar las que serán conocidas en su conjunto como leyes antisocialistas. Durante los siguientes doce años más de 150 diarios y 1.200 publicaciones fueron clausuradas, los militantes del nuevo partido detenidos, desterrados o despedidos. A pesar de todo ello la nueva propuesta seguía creciendo en dos sentidos. Llevada a la clandestinidad por el sistema político, se desarrolló como partido de la sociedad civil, encubierto en la fundación de cooperativas, sindicatos, clubs de fumadores, entidades deportivas, de barrio, escuelas, etc., creando con su desarrollo un nuevo tejido social, una nueva cultura, una nueva realidad. A su vez se seguían presentando con diversas formulas a las elecciones, en un crecimiento que parecía, sorprendentemente, imparable: en 1890 ya se había convertido en el primer partido de Alemania en número de votos. De hecho, su misma existencia llevó al Canciller Bismarck a aprobar no tan sólo medidas represivas, sino también nuevas leyes de protección social, de cobertura de las bajas laborales y de jubilación, entre otras, mientras los salarios reales no paraban de subir gracias a la acción sindical del nuevo partido. Finalmente, ante la constatación de que la represión por si sola no paraba esta nueva forma organizativa y que tampoco la extensión de medidas sociales parecía conseguirlo, el canciller decidió disolver el Parlamento. Una huelga general de 140.000 mineros fue la respuesta. Bismarck fue destituido y las leyes antisocialistas derogadas. En el proceso había aparecido una nueva forma de acción y organización que pronto, en la medida que se mostraba exitosa, sería adoptada por toda Europa por las organizaciones de la izquierda: el partido de masas.

A pesar de la existencia de partidos políticos se puede rastrear como mínimo desde la revolución francesa, lo cierto es que en el último tercio del siglo XIX estos eran poco más que agrupaciones al entorno de un líder o corrientes más o menos organizadas. Con la aparición del modelo del SPD en escena la nueva forma de tomar partido, de ser partisano, se agrupa al entorno de una ideología, un programa, una estrategia y una serie de tácticas, que mueve a centenares de millares de personas organizadas en secciones locales, territoriales y nacionales/estatales, con órganos dirigentes congresos, etc. Pero eso es sólo una de los aspectos de aquellos modernos partidos de masas. A su vez esta forma política, en un contexto de baja articulación de los estados en el terreno social en el pasado que ahora parece ser nuestro futuro, muestra una aguda tendencia a desarrollarse no sólo como partidos de masas, sino también como partidos sociedad. El modelo se difundió a partir de las nuevas corrientes marxistas, pero pronto fue emulado por todo partido de izquierdas y popular de diversas tendencias ideológicas, mostrando en esta dimensión de partido-sociedad una fuerza inusitada. A principios del siglo XX en Alemania, o en el caso del Partido Republicano radical en Barcelona por citar un ejemplo similar aunque de menor intensidad, uno podía nacer en un barrio de marcado carácter socialista, ir a una escuela socialista, tener un abogado y un médico socialista, trabajar en un cooperativa socialista o pertenecer a un sindicato socialista, y hasta en el extremo ir a una universidad socialista. En este sentido los recursos identitarios y los sentimientos de pertencia hacia estas organizaciones no tenían parangón. Desde un punta de vista era un partido político, desde otro una forma de vida, de concebir la vida, que iba mucho más allá de votar o no votar como una opción instrumental según el momento. En uno de sus máximos momentos de maduración en 1912 llegaría a sacar el 99% de los votos en una ciudad como Berlín, cuando aún el sistema le era a la vez profundamente hostil. Si la emergencia de la sociedad de masas (con formas de comunicación de mases, literatura de mases, arte de masas, medios de comunicación de masas y transporte de masas y ciudades de más de un millón de habitantes), en un sistema económico profundamente inestable y caracterizado por crisis periódicas, se había mostrado como un desafío para las clases dirigentes, la aparición en este marco de una forma organizativa adaptada a estos tiempos, y a la vez antisistémica, significó  primero la erosión y después el fin de un modelo de dominio tradicional. La respuesta más inmediata fue, en nuevos contextos revolucionarios, el fascismo como nueva ideología de masas, profundamente reaccionaria, pero que a su vez abandonaba el elitismo tradicional para adoptar técnicas de propaganda, narrativas y formas organizativas adaptadas a la nueva sociedad. La respuesta tardía, una vez fracasado el fascismo, fueron los partidos democratacristianos de masas que ligaban la organización política a los sentimientos de pertenencia religiosa.  

III

El éxito de la articulación política gradual en un nuevo tipo de organización, ya sea en el modelo partido o en el sindicalismo político de masas, articulado como sindicalismo revolucionario o anarcosindicalismo, escondió otra realidad que le era consubstancial: no significó la desaparición de las propuestas alternativas. Esto, en realidad, sucedió mucho más tarde en un proceso lento en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial y en el marco de un capitalismo profundamente transformado. Cuando competían entre ellas se presentaban como univocas, en la medida que cada una de ellas pretendía mostrarse en términos absolutos como la más efectiva para conseguir el objetivo final: la superación del capitalismo. Pero en realidad la creación de espacios propios fuera del “sistema” seguía plenamente presente en las nuevas formas de acción. Crear una sociedad dentro de la sociedad había sido el medio que había permitido sobrevivir al partido en el momento de su nacimiento, fue posteriormente el tramado de fondo que le permitió interactuar ampliamente con la realidad de “fuera”. De este tramado extraía la fuerza material, los recursos morales, las certitudes, la capacidad de sobrevivir en los peores momentos y la prefiguración de elementos de la sociedad futura. Quizás una relación diferente, con más elementos de contradicción, mantenía con la acción directa o la cultura insurrecionalista.

Lo cierto es que esta nueva forma de acción y organización se había articulado sobre el anuncio del objetivo de superar el capitalismo, y en este sentido el espíritu revolucionario seguía siendo su horizonte sin el cual no se hubiese podido ni articular en sus orígenes, cuando el sacrificio se sustentaba en la posibilidad del advenimiento de una sociedad radicalmente nueva. Pero con su mismo desarrollo estaba cambiando la situación de partida en varios sentidos. El primero de ellos lo anunciaba irónicamente Max Weber: “queda por ver si la socialdemocracia asaltará el Estado o será el Estado el que asalte la socialdemocracia”. Y lo cierto era que en la medida que los partidos socialdemócratas se consolidaban también se transformaba su naturaleza. Crecían en número de diputados, periodistas de diarios propios, miembros de cooperativas, militantes profesionales, que hacían tendencialmente de la existencia del partido una forma de vida y, a la larga, del propio partido una finalidad, más que una herramienta para el cambio social. A su vez, y una cosa no se entiende sin la otra, el anuncio de una teoría social, si tiene éxito en su anuncio, modifica las condiciones de partida de la profecía. En ese sentido nunca las ciencias sociales se acercaran a las naturales, si no es en algunos puntos de la física quántica que postula que el acto de observación de la materia ya es en si mismo un acto de transformación de sus condiciones previas, ya que ella trata de sujetos capaces de interpretar y modificar sus condiciones a partir de nuevas realidades entre las que se encuentran las mismas interpretaciones que postulan como serán estas nuevas realidades. Es decir si el socialismo moderno había nacido postulando que el capitalismo era un sistema periclitado y que creaba las condiciones sociales para su propia desaparición, su propio desarrollo transformaba esas condiciones sociales. Bismarck había reaccionado con la represión, pero también lo hizo articulando unas primeras medidas de protección social. Camino que fue seguido en los siguientes años por otros gobiernos, a la vez que la aparición de los sindicatos de masas iba acompañada de incrementos salariales y mejoras en las condiciones de trabajo, mejorando la vida de las clase populares. Ya no era tan cierto que con una revolución éstas nada tenían a perder, salvo sus cadenas, y todo un mundo a ganar, como anunciaban Marx y Engels al final del Manifiesto Comunista. No lo era para los dirigentes y cuadros socialdemócratas, que habían encontrado su forma de vida en el crecimiento del partido, y no lo era para una parte de su base social. Y esto servia tanto para los partidos socialistas, como lo hará también para los partidos comunistas de masas de las democracias occidentales posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El momento de su máxima expansión, influencia electoral y social, irá acompañado en este sentido por su período más largo sin ningún intento revolucionario, a pesar de que su mitología interna y militante estuviera cargada fuertemente de la palabra revolución.   
En cierto sentido se puede afirmar que el insurreccionalismo fue enterrado por su máximos proclamadores, pero sólo en cierto sentido. Desde otra perspectiva la cultura insurreccional seguirá viva como creencia, como escatología final o como mito fundacional, en los nuevos partidos de masas, sobre todo en su primera fase de desarrollo. Eso explica su capacidad de supervivencia, como también el protagonismo en diversos momentos de nuevas corrientes insurreccionalistas surgidas de la escisión del mundo socialdemócrata. El espíritu de Blanqui seguía también vivo entre sus filas y cuando las contradicciones internas y la situación externa entraban en ebullición nuevas realidades políticas se hacían presentes. Sin ellas tampoco el capitalismo occidental se habría transformado, como tampoco se habría consolidado el reconocimiento de los derechos sociales por parte del Estado.

Les tres grandes tendencias –la acción directa insurreccionalista, la desconexión o el intento gradualista organitzativo– compitieron entre ellas en un momento histórico muy determinado: el de la gran rearticulación del capitalismo que se vivió en medio  de la crisis de 1873 a 1894. Un momento de profundas transformaciones sociales y culturales, al final del cual el peso y las medidas de cada una de estas estrategias se había transformado también radicalmente produciendo nuevas realidades. Difícilmente estas tendencias de fondo cambiaran en la nueva situación de cambio radical que estamos viviendo y algunas renacerán con una fuerza inusitada que parecía enterrada en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial y en los Estados del Bienestar. De hecho tanto la desconexión como el insurreccionalismo toman, con diferentes formas e intensidades, de nuevo la palabra, así como la antigua organización de masas, ya muy transformada desde sus orígenes, en su forma política y sindical, está sufriendo una transformación radical. Hasta cierto punto parece que estamos entrando en mundo anterior a finales del XIX. Nada de lo que se estableció entonces es inmutable. No tiene más de un siglo y medio de historia, un simple pestañeo dentro del tiempo humano. Acabado todo un mundo, aquello que había estado sintetizado se deshila de nuevo y las recombinaciones se deberán hacer, en un tiempo probablemente largo, sobre nuevas bases que ahora nos son en gran parte desconocidas.

Cambiará su forma, cambiará el peso de cada una de ellas y su interrelación, seguirán postulándose tendencialmente como univocas en los debates, pero continuaran presentes ahora como antes. Y sólo hay un principio que parece inalterable, ninguna de ellas parece de entrada prescindible, no en las formas concretas que tomaron en el pasado, pero sí como tendencia de fondo. La idea fuerza que va apareciendo cada vez más, desde una gran diversidad de posturas, de la necesidad de crear un mundo propio, fuera del Estado y de la esfera directamente mercantil, formado por redes económicas, sociales y culturales, con espacios liberados que garanticen entre otras cosas la realización de los derechos sociales, es inseparable a la larga de las formas de articulación política, sean cuales sean éstas, si quieren pervivir y si quieren transformar no sólo una realidad, sino toda la realidad; a su vez estas formas de articulación política, sino quieren tan sólo ser una mera voz crítica dentro de los circuitos del sistema, tienen que encontrar su fuerza precisamente en este “fuera” del sistema; y, finalmente, el espíritu insurreccional no bebe tan sólo de situaciones desesperadas, sino de la prefiguración de nuevos mundos de una forma tangible y del poder material que le ofrece en el presente este nuevo mundo para construirlo en el futuro, pero sin él, sin la creencia de que el mundo puede cambiar de base, también todo lo otro pierde fuerza y sentido. Ha cambiado todo, todo está cambiando, y todo debe ser reconsiderado si se quiere estar a la altura de los tiempos, pero ahora como antes no hay formulas mágicas, sino desplegamientos amplios que buscan a la larga un nuevo tipo de recombinación.

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