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lunes, 6 de agosto de 2012

Conexiones y desconexiones (I). Castas, clases, geografías y patrias



I

La crisis no terminará, como mucho con suerte en algún momento se “deslocalizará” de nuestro territorio, pasando de un país a otro, de una región a otra. Pero no parece que este momento vaya a ser pronto. La solución es política, no económica, pero en el escenario actual la política es de vuelo corto y trabaja en los estrechos márgenes de la “plausibilidad”.  De hecho ya nadie habla del final de la crisis. En el inicio salvar los bancos era una forma de “retornar” el crédito a la economía, como se repetía sin cesar. Ahora tan sólo lo dicen de pasada. Es el abismo y no la recuperación, el miedo y no la esperanza, lo que se utiliza cada vez más para legitimar el incesante drenaje de recursos de todos en las manos de unos pocos. Intervención es la palabra: de la Unión Europea al Estado español, del Estado a las autonomías, de las autonomías al comedor de nuestra casa. Vivimos amenazados y la política gubernamental y la economía se han convertido en oficios de gángsters. Pero no los vemos así, no los tratamos así. Los vemos y los tratamos como una inclemencia inabarcable, una estructura cosificada, contra la que de poco vale todo aquello que podamos hacer. En su momento de máxima debilidad los percibimos más fuertes que nunca. Si queremos encontrar nuevas vías para virar la situación se tendrá que aterrizar en la tierra para salir del mero relato escandalizado de la derrota.

La crisis actual se basa en gran parte en los procesos de globalización vividos desde la década de los setenta hasta día de hoy. Ha tomado la forma de una crisis financiera, a pesar de que tiene un carácter más profundo y multilateral, debido a la centralidad adquirida por los mercados financieros como principal espacio de reproducción de la tasa de beneficios y, congruentemente, también de la casta financiera, el Vaticano del capitalismo según Marx, como grupo dominante. Centralidad que se aceleró a partir de la integración on-line de los mercados financieros a nivel mundial en 1986, que permitió la aceleración de las operaciones a nivel global y el incremento del volumen de capitales en juego, y la desregularización fiscal de los beneficios especulativos. La presidencia en la década de los cincuenta de un general conservador y republicano como Eisenhower los llegó a gravar al 90%, no por un sentido redistributivo, sino sencillamente para evitar la aparición del capitalismo de casino. En la actualidad están prácticamente liberalizados. La revolución neoconservadora en los años ochenta activó los primeros pasos de este proceso, pero la cosa fue mucho más allá de gobiernos como los de Reagan o Thatcher, a partir de una nueva hegemonía cultural, social y política que afectó a casi todo el espectro político. La pieza final llegó a finales de los años noventa de la mano de uno de los patrocinadores de la “tercera vía” que pretendía refundar la izquierda a nivel mundial: Bill Clinton. El mismo que perpetró la frase de que en políticas sociales se podía hacer “más con menos” (nada de original hay en nuestros gobernantes más próximos, siendo este uno de los lemas favoritos de CIU al inicio de su legislatura), eliminó bajo su mandato la Ley Glass-Steagal, aprobada en 1933 precisamente para evitar otro crack como el de 1929. Esto permitió que los bancos de deposito, es decir los bancos donde se encontraban los ahorros de la mayoría de la población a la vez que eran proveedores de crédito, operasen como bancos de inversión en los mercados financieros. En el mismo momento se desregulaban los mercados de futuro y derivados, donde se ha concentrado la mayor parte de la especulación a nivel mundial.

En el proceso, cada vez más activos fueron puestos al servicio de los fondos de inversión, cada vez más activos fueron puestos al servicio de la especulación. De hecho, pronto se recorrió el camino inverso. Desaparecido gran parte del capital disponible del tejido de producción y consumo, la especulación se convirtió en el principal activo para asegurar el mecanismo de reproducción económica. En la medida que el neoliberalismo ofrecía al capital productivo una reducción constante de los costes laborales y fiscales se producía una caída de la demanda, en la medida que la inversión se destinaba al capital financiero y no al productivo este se encontraba falto de liquidez. Para mantener la demanda y la inversión en el tejido económico productivo, en un contexto de intereses bajos, el capital financiero creditizó tanto el consumo como la inversión hasta subordinar el conjunto de la economía a su dinámica. Se compraba y se vendía con dinero del futuro para un presente cada vez más inestable, difiriendo y agrandando el problema, no solucionándolo. Todo esto no ha acabado, a pesar de la crisis.

Primero fueron los beneficios del capital los que se integraron a los mercados financieros, a los que siguieron los ahorros de las poblaciones, después fue la misma capacidad de consumo de bienes y servicios. Con la llegada de la crisis se añadieron los recursos públicos en la forma de “salvación” del sistema financiero y ahora toca a los derechos sociales (por eso mismo una de las principales áreas de la “crisis” es Europa donde aún quedan restos del Estado del Bienestar): fondos de inversión para las pensiones, créditos para pagar la enseñanza, privatización de la sanidad, son la nueva fuente de entrada de recursos a unos mercados que, a todas luces, han devenido en verdaderos agujeros negros. Pero tampoco esto solucionará el problema, éste es doble. De una lado, la creación de un capital virtual que no se corresponde en ningún sentido con el real, y por tanto se convierte en una mera factura especulativa. Dos datos nos pueden poner sobre la pista del precio de esta factura: en 2005, sin computar el conjunto del valor de los activos financieros,  “sólo” los mercados de futuro tenían un valor de unos 250.000 millardos de dólares; en el mismo momento el valor de “toda” la producción real en el planeta tierra era de no más de 45.000 millardos de dólares. Esta es la factura a pagar, una factura que “necesita” de un aumento prácticamente infinito de las plusvalías sobre nuestras sociedades o bien de la creación de, como mínimo, otros cinco planetas más como el nuestro. 

Pero de otro lado, tal como hemos dicho, este es sólo una parte del problema, ya que el hecho es que desde finales de los años sesenta se ha producido una caída de los beneficios netos del capital dentro de la economía productiva que parece imparable. Los motivos, que tienen que ver con los límites del propio sistema como generador de aumentos de productividad constantes, no los podemos abordar aquí, pero el hecho es que en un cierto punto entre los años noventa y el cambio de milenio este proceso comportó que las inversiones destinadas al capital financiero, en crecimiento constante ya desde los años setenta, superasen las inversiones realizadas sobre el capital productivo. La “realidad” ya no es rentable en términos de beneficios privados, sino es para expoliarla. Ciertamente se ha conseguido durante estos últimos treinta años una gran concentración de riqueza en cada vez menos manos, pero ésta no tiene un origen en el aumento de la producción, ni de la productividad, sino en la redistribución de rentas hacia arriba que ha permitido tanto la desregularización financiera como la reducción de costes laborales y fiscales para los grandes propietarios de los medios de producción. Y este, y no otro, es el principal objetivo del programa neoliberal, no mejorar la efectividad, ni la productividad, ni el capital disponible para la inversión productiva, sino sencillamente conseguir la concentración de capital hacia arriba. Proceso que parece haber conseguido hacer entrar en contradicción el aumento de la tasa de beneficios con el mismo crecimiento económico. En el caso europeo se llega en este sentido al paroxismo: no se trata de salir de la “crisis” con programas de “austeridad”, sino de asegurar el pago de la especulación por parte de aquellos que no la han protagonizado. Todo ello para retornar la “confianza” de los mercados hacia nosotros y que fluya de nuevo el crédito, es decir volver a una creditización de la reproducción económica que forma parte del origen y no de la solución del problema. La antesala del fin en lo que es un verdadero agotamiento del sistema en todos los sentidos: de modelo productivo, energético, ecológico, social, político y cultural. 

II

La magnitud del monstruo financiero parece incontrolable, un dato de hecho, pero no algo modificable, como mínimo no desde les bases actuales. En este marco cualquier forma de acción política fuera de los márgenes que establecen los mercados, o las formas supraestatales que tienen capacidad de interactuar con ellos (en nuestro caso la Unión Europea), parece inoperativa, cualquier respuesta gestada desde los estados o desde diversos ámbitos dentro de los estados, inútil. Es un mantra repetido que no hay respuesta local, en una nueva versión del there is no alternative neoliberal, la salvación en todo caso viene de fuera. Para unos depende de la actitud que tome el Banco Central Europeo, para otros de la capacidad de reformar la misma Unión en un sentido democrático y después el propio capitalismo a partir de la protesta global. Contrariamente creo que sólo hay respuesta local, ni en dioses, ni en amos, ni en tribunos está el supremo salvador.

En primer término porque esta es la escala humana, por mucho que las redes redefinan los flujos de información conexión y respuesta y abran la posibilidad de un nuevo mundo, su medida sigue siendo nuestra medida. Ha habido históricamente organizaciones internacionales de movimientos, pero no movimientos internacionales. Lo más parecido ha sido el movimiento antiglobalizador. Pero por cronología, que tan sólo abarca una espacio temporal que va de 1999 a 2001, y características –una forma de acción muy limitada a la respuesta a grandes cumbres realizadas en espacios densamente poblados– difícilmente será visto a la larga como un movimiento social más allá de un conjunto de protestas que se dieron al entorno del cambio de milenio. De una forma más generalizada y profunda, han existido procesos de carácter internacional caracterizados por las mismas problemáticas de partida, agendas reivindicativas, marcos ideológicos y políticos, como también emulaciones y efectos en cadena (las revoluciones siempre han sido contagiosas y las protestas también). Pero ni las más “internacionalistas” de estas realidades ha tenido en la escala global su principal espacio de actuación. Las resistencias antifascistas, respondiendo a la misma ocupación nazi-fascista que se dio en diferentes países en el marco de la Segunda Guerra Mundial, fueron nacionales y no generaron ni formas de coordinación comunes. En el momento de máxima expansión de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) en el último tercio del siglo XIX, el movimiento obrero se desarrollaba a escala local, regional o nacional y, mucho más raramente, a escala estatal, a pesar de que uno de sus principios de actuación básicos, y cada vez más abandonados, partía de una solidaridad internacional efectiva. Finalmente, la misma Comuna de París de 1871, principal movimiento emancipador del período de la AIT y que dio lugar a la letra de la Internacional, tuvo un fuerte componente de liberación nacional. En este caso contra la bota prusiana que pretendía entrar en París aliada con la burguesía francesa.

La revolución en las conexiones ha sido un elemento caracterizador, catalizador y productor de las nuevas protestas, forma parte en este sentido de la posibilidad para construir nuevas formas de contrapoder, y está preñada de nuevos cambios potenciales como postula la tecnopolítica. Pero de todas formas, a pesar de que el espacio virtual haya pretendido hibridarse con la terriotaritalitat, superando sus límites, lo cierto es que esta “territorialidad” está muy definida por la tradicional forma Estado. La Generaçao à rasca fue un movimiento propio de Portugal, así como el 15M lo fue de España, hasta el punto que a veces ha tenido problemas para captar e integrarse en las diversas sensibilidades nacionales, o Occupy Wall Street de los USA. Son movimientos hermanos, y valdría la pena que los flujos de intercambio y coordinación entre ellos se intensificasen más allá de lo que fue la convocatoria conjunta de protesta del 18 de octubre de 2011, pero operan en realidades definidas y para actores concretos diferenciados dentro de cada Estado. Una falta de apreciación crítica de esta realidad se está mostrando como un límite político en la comprensión de las dinámicas locales y nacionales que puede afectar a la efectividad de estos movimientos para tejer alianzas. Es más, a veces, el éxtasis provocado por las nuevas posibilidades abiertas por la red, la ilusión de que no sólo se incide de una nueva manera en el “mundo”, sino que se domina y se crea el “mundo” frente a los “iletrados” en la buena nueva, impide percibir de qué manera las condiciones de “liberación” son a su vez las de dominio. La conexión on-line de la casta corporativa (me resisto a nombrarla “clase” como parece que se está poniendo de modo) y la conexión subyacente del capital financiero está en la base de la posibilidad de la gran reacción que estamos viviendo. Perder esta perspectiva puede ser el principio del final de una confianza virtual que puede devenir ciega ante la desesperación real. Es más, esta conexión corporativa tiene unas características diferentes cuando las realiza esta casta y cuando lo hacen los movimientos de protesta y es en esta dialéctica diferencial donde se deben encontrar las primeras respuestas a las formas de acción posibles.

La forma de actuación del grupo que hay detrás del capital financiero y las grandes corporaciones es verdaderamente global. Actúa profundamente interconectado, con flujos de intercambio que le son consustanciales, no tiene ningún anclaje territorial y consigue utilizar a su servicio organizaciones internacionales como la OMC, la OIT, la FAO, el FMI o el BM o supranacionales como la UE. Su hibridación con estos organismos internacionales y con los grandes núcleos de poder político produce un mestizaje constante de cargos que merecería un análisis propio. Obsérvemelo en todo caso a corta distancia. El representante de Lehman Brothers de España y Portugal hasta el inicio de la crisis, Luís de Guindos, fue nombrado después de la bancarrota de esta entidad ministro de economía español. Justo al otro lado, un ministro de economía español como Rodrigo Rato, clave en el despliegue de las políticas neoliberales, pudo convertirse en director del FMI, para volver después a su país a hacerse cargo de un gran grupo bancario. Lo llevó a la quiebra y provocó así el rescate de todo el país. En ninguno de los dos casos los fracasos serán pagados por ellos. El mismo proceso se puede observar en el plano medio. El vicepresidente de Goldman Sachs para Europa, Mario Draghi, que tuvo un papel fundamental en el “maquillaje” de las cuentas de Grecia, detonante del desastre económico posterior en este país, será nombrado director del Banco Central Europeo. A su vez el director del Banco Central de Grecia, Lucas Papademos, que participó también en esta operación de maquillaje, se convertirá en el vicedirector del mismo Banco Central Europeo. Cargo que dejará sólo para ser nombrado posteriormente primer ministro de Grecia en un gobierno de “unidad nacional” sin pasar por las urnas.  Podríamos decir que el fracaso tiene premio, pero va mucho más allá de eso, son los miembros de una casta que en el momento de máximo peligro se han tenido que hacerse cargo de los asuntos públicos para evitar “interferencias” democráticas. Pero de todas formas esta opción contiene riesgos para ellos, el dominio directo siempre los tiene al hacer evidente lo que antes estaba oculto.

Podríamos seguir con este juego, con otra gente como Mario Monti también ex-Goldman Sachs puesto a Primer Ministro de Italia o, yendo más allá, con la relación pornográfica que ha establecido Wall Street con el poder en los EEUU, pero tan sólo es la parte más evidente de un iceberg mucho más profundo. La casta corporativa se mantiene en gran parte invisible al no actuar en un territorio concreto, ni operar en relaciones locales, y está formada por altos gestores del sistema económico, político y cultural, dentro de una telaraña de consejeros delegados, altos ejecutivos y políticos. El famoso 1% que probablemente en realidad no pasa del 0,1%. Su juego es profundamente especulativo, basado en la impunidad, y rayano a la delincuencia, pero se basa en un programa difundido por fundaciones, partes del sistema universitario profundamente imbricadas con el capital y medios de comunicación: el neoliberalismo. Entendido éste no como un programa económico, sino como una ideología con voluntad de hegemonía en todos los campos y, a su vez, una herramienta de redistribución hacia arriba que ha permitido enormes consensos en otras capas de la población más allá de este 1%. De otra manera,  sin este consenso, su poder, no anclado en realidades concretas, seria imposible. Es en este sentido, que a mi entender, es una casta y no una clase, ya que pertenece a una grupo más amplio de grandes propietarios de medios de producción beneficiado globalmente por este ideología de dominio que ha comportado una redistribución de la riqueza sin parangón desde la Segunda Guerra Mundial hasta ahora. Es en esta clase más amplia, y diversa en sus expresiones estatales y/o nacionales,  donde la casta corporativa tiene, o intenta seguir teniendo, su verdadera fuerza no exenta de profundas contradicciones actualmente. Lo que vemos ahora es el intento hasta el paroxismo de asegurar este dominio de una forma concreta. No es descartable, de todas formas, que en este marco que la clase más amplia a la que pertenece esta casta generé nuevos grupos dominantes y nuevas formas de control político, económico, social y cultural, que en esta fase serán necesariamente contradictorias según cada realidad nacional y/o estatal.

El crecimiento económico hasta los años setenta del siglo XX tenia su base en incrementos salariales y la aceptación por parte de las clases privilegiadas de una fiscalidad progresiva que permitía financiar los derechos sociales. A cambio, en este pacto social, los trabajadores y las trabajadoras aceptaban los aumentos constantes de productividad, que aseguraban el incremento de la tasa de beneficio, mientras el crecimiento de la demanda, es decir del consumo, se sustentaba en el incremento también sostenido de la renta disponible de las clase populares. El cambio de modelo, contrariamente, tiene su base en la bajada de salarios reales, acelerada a partir de los años noventa y la desregularización fiscal que permitió un gran aumento de beneficios. Mientras se mantenía el consumo, el Estado y la misma economía productiva a partir de la creditización. Pero esto tiene un límite. La ilusión actual del neoliberalismo, probablemente ya la última, es que el problema ya no es la intervención del Estado en el libre mercado, sino los derechos sociales y el Estado en si mismos. Muchos aún viven en esta ilusión, en la propuesta que una bajada de los costes del Estado y una mayor desregularización y mercantilización de los derechos (sanidad, educación, jubilaciones, etc.) puede reactivar la maquina del crédito, aumentar el negocio, y retornar los beneficios. Si esto no sucede, y no lo hará,  el neoliberalismo como ideología de la clase dominante se hundirá, como ideología hegemónica entre la población ya hace tiempo que lo esta haciendo a marchas forzadas. Un límite, el de la última ilusión, en el que aparecen contradicciones crecientes dentro de las clases dominantes y que puede llevar tanto a la obertura de nuevas posibilidades políticas y sociales para las clases subalternas -todo proceso de cambio radical ha tenido una de sus fuentes en las grietas abiertas entre aquellos que dominan- como a nuevas alianzas con otras clases y/o a nuevas formas de gestión política y económica del sistema. En un sentido se puede gestar una alianza mucho más amplia de lo que se puede llegar a imaginar para acotar el poder del capital financiero y retornar a modelos de crecimiento anteriores, pero es poco probable, más allá de que el agotamiento ecológico lo hace prácticamente inasumible;  en otro sentido se puede ir hacia un capitalismo regulado y autocentrado, con poco crecimiento y formas políticas autoritarias.  Pero todo esto es especulativo. Uno de los problemas actuales es que el viejo análisis de clase se mantiene básicamente como principio ideológico, como mucho histórico, pero no contamos con herramientas operativas para realizar una radiografía actualizada de la dinámica de clases. Las corrientes posmodernas han disuelto estas herramientas en el campo del análisis social. Un campo en el que en la actualidad, a pesar de la sofisticación creciente, llevamos más de treinta años de retraso.     

III

Si esta casta corporativa es realmente un grupo global y en red, no podemos decir lo mismo de los iniciáticos movimientos de resistencia social, cultural y política. Una opera para unas pocas personas en términos relativos, los otros quieren operar para millones; una produce unas formas de vida homogéneas entre sus integrantes, los otros quieren interactuar en la medida de una diversidad que es prácticamente la diversidad humana. Los mercados laborales siempre son locales, las solidaridades integradas siempre son locales, las configuraciones políticas siempre son locales. La reconstrucción política tendrá una dimensión internacional, y tendrá que aprender a intervenir en esta dimensión, llegando a acuerdos internacionales sobre momentos de protesta conjunta, realizando amplias alianzas entre sectores diversos, y a veces contradictorios, produciendo mecanismos de articulación de nuevas propuestas, pero las configuraciones políticas serán locales, regionales, nacionales y estatales.

La casta corporativa en su modus operandi produce la desintegración social y la resistencia se basa en la propia reintegración que opera en mercados, realidades, redes y cultures locales. Puede parecer poco, un mero intento de sobrevivir, pero es mucho. Así operó la resistencia a los ejércitos napoleónicos aquí. Una vez la vieja carcasa del poder estatal pactó con los invasores, o desapareció como actor, fue el pueblo de abajo el que inició el camino del desafío contra los ocupantes. Al hacerlo apeló a un pueblo y a una patria que, contrariamente a las viejas polémicas historiográficas no hacía referencia ni a España ni a Cataluña, sino a una forma de vida amenazada en un territorio concreto, en un marco de relaciones e identidades concretas. Una patria pequeña si se quiere, pero con un inusitado poder. Así operaron también las resistencias antifascistas contra la ocupación nazi por toda Europa, tanto defendiendo la vida, como una nueva vida, una nueva patria. Así construyeron el futuro.

De hecho, la principal debilidad de la casta corporativa en un momento de crisis de su “función”, en el marco de las clases que a nivel estatal se han enriquecido bajo su estela,  es precisamente la falta de anclaje en las realidades concretas y de allí su intento de ocupar cargos institucionales para dominarlas en el momento de peligro. En su carácter global reside su capacidad de dominio, permitiendo redireccionar constantemente los flujos de capital en función de sus intereses y subyugando así a países enteros atrapados en la creditización, pero también la hace, finalmente, dependiente de unas clases que hasta ahora se han beneficiado de ella y que le ofrecen un anclaje en el territorio. Una vez destruida cualquier ilusión neoliberal, una vez destruida cualquier capacidad de propuesta de los gobernantes, que no sea la obediencia a los “mercados”, la dinámica política, y eso es cierto particularmente aquí, vira y virará más hacia los problemas identitarios y hacia las dialécticas nacionales dentro del Estado. Sin más narrativa a la que recorrer, en una larga fase de recomposición de un dominio estable, la bandera se convertirá en un pañuelo extremadamente útil para mantener legitimidades y capacidad propositiva entre las elites políticas gobernantes. Aquellos mismos que no han tenido ningún problema para arrodillarse, y hacernos arrodillar a todos, ante los mercados internacionales o las organizaciones supranacionales, ahora se entregaran con furia a denunciar las opresiones insostenibles que se dan entre diferentes realidades nacionales dentro del Estado. El grito de ¡a por las autonomías!, o bien ¡a por los gastos independentistas inútiles!, será respondido, en un relación asimétrica cabe decir no obstante, por ¡a por el Pacto Fiscal! ¡contra el expolio!  Pero en ningún caso esa exacerbación se hará bajo un planteamiento de reequilibrar la relación de clases, y de rentas, que está en el origen de la crisis que estamos viviendo.

Pero esta transformación, o radicalización del discurso político, parte y se construye sobre una base real que deben ocupar los movimientos sociales y políticos de resistencia si quieren reconstruir el futuro. En la medida que la gran reacción toma la forma de un diktat de arriba hacia abajo violenta las formas de poder periférico y exacerba las problemáticas sobre las que se ha construido, entre ellas las de las identidades nacionales, y toda respuesta tiene tendencia a  activarse a la larga entre otras cosas como un movimiento de dignidad nacional, a la vez que compite con otra narrativa nacional que oculta la verdadera naturaleza de la reacción. Dependerá en este sentido un resultado u otro de si los movimientos políticos y sociales de resistencia que puedan consolidarse son capaces, desde las patrias pequeñas, de  captar todas las diversidades identitatarias e integrarlas, de establecer todas las alianzas posibles y crear nuevas configuraciones políticas y sociales. Convirtiendo la debilidad de las resistencias que actúan en ámbitos locales en fuerza, convirtiendo la fuerza de la casta corporativa global y de les clases que la sustenten en debilidad en su anclaje local. El punto de partida debe ser, como antes, la patria pequeña entendida como la defensa de una forma de vida y a su vez como la construcción de una nueva vida digna. Los momentos de transito que estamos viviendo puede acabar de dar forma a la gran reacción en un sentido determinado o bien abrir brechas por donde se pueda empezar a poner las semillas de una gran transformación. Nada está decidido en este sentido. Es patente la debilidad de los movimientos de protesta, pero también lo es cada vez más la de las formas de dominio.

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