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miércoles, 2 de junio de 2010

A Ankar, In Memoriam



“Entre los asistentes estaba Ángel Rozas Serrano, persona de muy baja estatura, un enano, quién se colocó en una de las sillas de la sala, rehusando hacerlo en la presidencia; pero sus intervenciones fueron escuchadas atentamente, por los concurrentes, entre los que goza de bastante prestigio.”





Així el descrivia un informe policial fet al barri de Llefià de Badalona el 1967. Un de tants on el seu nom surt innombrables vegades. En altres documents, en les cartes clandestines enviades durant la negra nit franquista per informar i informar-se, per comunicar i comunicar-se, per conèixer i reconèixer-se com a un, com a molts, que no parlaven a la llum pública, però existien, el seu nom era un altre i era escrit amb respecte: Ankar. Però tot això ho vaig saber després de coneixe'l i no m'ho va explicar ell. Ni un bri de vanitat corria per les seves venes. És cert era baix, extremadament baix, i sempre reia. Sempre, menys quan entrava a la sala on el vaig conèixer indignat per alguna cosa que havia llegit al diari. Però era alt quan reia, era gran quan s'indignava, era immens quan davant la gent projectava una veu profunda que parlava de la dignitat obrera com poques. Quan el detenien, els botxins res sabien d'aquella dignitat, però era des d'ella que finalment acabaren per tenir-li un respecte desconegut que es traslluïa en els seus informes. Aguantava:



“ Yo diría, yo diría... por las convicciones porque mi experiencia a lo largo de tantas detenciones y he visto mucha gente derrumbarse, mi experiencia es de que la gente no habla por los palos, sino por miedo a los palos. Es decir, la gente, si se acobarda, si se asusta y se acobarda y da cancha a la policía, estos se envalentonan y ya te exprimen como un limón, ya, aunque no sepas nada, los tíos creen que sabes más, ese fue el caso del año 58 con un compañero (...). Era un hombre que medía un metro ochenta, un metro noventa y fuerte, claro, sin embargo yo he visto ese hombre hundido totalmente y correr por debajo de las mesas huyendo de la policía como... y a mí eso... a mí eso me daba vergüenza, a mí eso me daba vergüenza y yo me prometí a mi mismo que eso no me lo hacían, ¡me matarían!, pero, pero no iban a obtener nada... (…) Es una fuerza moral, yo diría que es una fuerza moral más que física, yo diría que es más fuerza moral que física, si tienes una convicción neta de que lo que tu defiendes es lógico y de que tus compañeros que no están allí dependen que no estén allí de ti.”



Detingut infinites vegades, en infinits llocs, degut a un sol pas. Fou un pas petit, fet per pocs a l’inici, però que marcà un camí que malgrat tot es mostrà immens. El pas que anava de la clandestinitat a la llum pública, el pas que anava de la por al crit, del silenci a la paraula. El pas que no feia sinó recuperar en les pitjors condicions possibles el credo d’una de les primeres societats populars obreres fundades a finals del s.XVIII, “Que el nombre dels nostres membres sigui il·limitat”. Per ell fou un camí iniciat des de la indignació pura. Corrien els anys de misèria obrera i ell assistia a una reunió parroquial on el qui parlava deia que les malalties dels treballadors estaven causades pels seus pecats. No pogué més, s’aixecà i en aquest petit gran gest tot va canviar:



“Aquí estás diciendo tonterías, porque yo he visto los hospitales, es porque a la edad de desarrollo no tienen los alimentos necesarios, porque, ¿por qué no vamos? ¿por qué no visitas, en vez de esto, las casas de estos chicos y chicas que están en el hospital?, ¿a ver cuáles son sus necesidades, cuál es su situación, sus posibilidades?”. Se quedó muy parado. Bueno allí se armó una, se armó un tinglado y me echaron a la calle, me expulsaron: “este fuera, expulsado, ¡este es un comunista!”. La noche que me dijeron esa palabra yo no tenía ni idea de lo que era un comunista, ni idea, nada más que inquietud, entonces digo, coño, pues si, si querer remediar todas esas injusticias es ser comunista…



I així fou. Es convertí en un comunista. Però no qualsevol. S’infiltrà en el Sindicat Vertical franquista i des d’allà començà a organitzar a altres com ell i des d’allà comença a pensar una nova forma d’actuar i des d’ella il·luminà amb altres un nou camí que aconseguí redefinir l’àmbit del possible sota una dictadura. Un camí que eclosionà el 1964 a Barcelona i que quan ho féu, malgrat tota la repressió, seria ja imparable. Un camí que estava fet de lluites, de victòries i derrotes, però que sobretot teixia quelcom més en allò que cremava les ànimes dels que el visqueren. Ho descrivia un jove obrer que el vivia per primera vegada:



“Cuando bajaba con mi velomotor por la Vía Layetana había ya nutridos grupos de trabajadores en la Plaza de San Jaime y frente al edificio de la Delegación de Sindicatos. Quité gas para bajar despacio y darme cuenta de la distribución fuerzas represivas (...). Los corros de trabajadores se iban haciendo densos en la Plaza frente a Correos. Sentados en las escalinatas a la salida del metro, en la plazoleta, en los jardines, grupos de trabajadores nerviosos adoptaban un aire de despreocupación que no sentían. Se habían dado cuenta de la encerrona que suponía manifestarse con tal despliegue policiaco, pero estaban decididos a hacerlo. Para la mayoría de ellos, esta manifestación sería su bautismo de fuego, un paso adelante en la lucha que estaban llevando desde hacía algún tiempo en la empresa. Por primera vez, trasladaban la lucha a la calle, respondiendo al llamamiento de unas comisiones de las que casi nadie había oído hablar. Pero por las fábricas había corrido un papel pidiendo un sindicato obrero representativo, una auténtica organización de clase que nos ayude en la defensa de nuestros derechos, y lo habíamos firmado (...). Nos dábamos cuenta, confusamente, de que por primera vez desde el final de la guerra civil había surgido un brote de organización obrera unitaria, el sueño dorado de todos los trabajadores; y allí estábamos, por centenas, por millares, dispuestos a apoyar a estos hombres, desconocidos todavía, pero reconocidos ya como nuestros dirigentes. Corrió la voz de que unos días antes habían detenido a más de treinta y se temía que no quedase nadie para responsabilizarse de entregar el escrito.



Vi a un grupo de trabajadores de mi empresa y me dirigí hacia ellos (...). Nos saludamos con la alegría que da el sentirse entre amigos, cuando se husmea el peligro. Estaban allí los que ya me imaginaba que vendrían, pero estaban también algunos que nunca hubiese sospechado que se interesasen por estas cosas. "El Cabra", por ejemplo, que sólo sabía hablar de fútbol. "El Romuldo", que no gozaba de muchas simpatías, pues decían que iba para encargado. Estaban también "El Chato" y "El Pipiolo" y varios más gastando bromas. Miré alrededor y localicé a los de la Maquinista, cerca de la boca del Metro. Aquéllos eran los que habían arrancado la famosa huelga de solidaridad con Asturias en el 62. Me tranquilizó ver gente con experiencia a nuestro lado. Muchos trabajadores habían venido con sus mujeres, más graves, con menos ganas de bromear (...).



De repente nuestra atención fue atraída por algo que ocurría al otro lado de la plaza, cerca de la estación de Francia. Un grupo compacto, casi en formación, avanzaba hacia donde nos encontrábamos nosotros. Reconocí a los que iban delante. Los compañeros de la Hispano Olivetti. La empresa punta en la lucha obrera de Barcelona. Habían conseguido sustanciales mejoras salariales, eran los únicos capaces de hacer asambleas regularmente en el interior de la fábrica y mantenían un clima de agitación permanente. Allí venían con sus líderes al frente. Rosich, el más popular, con su sempiterna sonrisa. Gómez, ya cincuentón, irradiando una enorme sensación de solidez y seguridad, contagiando su tranquilidad y confianza. "El Rondeño", irremplazable para los mítines, y "El Malauva", cejijunto y callado, pero eficacísimo a la hora de organizar.



Su llegada pareció ser la señal, pues cinco hombres se destacaron. Uno llevaba un pliego en la mano. Era la comisión que se ponía en marcha hacia el Sindicato. Se hizo repentinamente el silencio, interrumpido a veces por una sirena del puerto o el claxonar de un coche. Pero los hombres callaron, en un silencio hecho de dignidad, de libertad pisoteada; de odio, miedo y cólera; de lucha clandestina, estrecheces y prisión; de niños sin escuela, de pluriempleo, de humillaciones; de 25 años de su paz y de su orden; de hipocresía religiosa; de emigración, de chabolas, de hombres sin patria. Silencio de conciencia social que se va forjando, de clase obrera que se va organizando, de lucha obrera que rompe, tritura y arroja ese miedo que ellos llaman paz, esa explotación que ellos llaman orden.



Silencio de más de 25 años de silencio.




Nos agrupamos todos detrás de esos cinco hombres, y éramos tantos, que cuando la cabeza llegó a las puertas del Sindicato, aún había gente que no había salido de la plaza, frente a Correos.”



El 1976 ja eren milions els que com ell havien dit prou. Ompliren els carrers i les places, pararen les fàbriques i feren girar totes les cares cap a ells, fent impossible que la dictadura continués. Tu ho vas fer possible, gràcies. Gràcies per retornar-nos una cosa que no té forma, ni volum, que no té olor, ni color, que sent petita és gran i sense la que molts no ens podríem ni reconèixer: la dignitat robada en aquell 1939. Gràcies per trencar el silenci, quan ningú s’atrevia, dient una veritat tan sencilla com que érem milions i el món no era seu.

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